9.09. Clemente de Alejandría y el canon del NT

Clemente de Alejandría, un representante de la iglesia oriental, mostraba una inclinación más liberal hacia los escritos sagrados de lo que era habitual en el Occidente.

Además de los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, también usaba, aunque en un nivel algo inferior de autoridad, los evangelios apócrifos de los Hebreos y de los Egipcios.

Su canon del Nuevo Testamento abarcaba también 14 libros de Pablo, incluso Hebreos, que la iglesia oriental aceptaba sin vacilaciones como epístola paulina, 1 Pedro, 1 y 2 Juan, Judas, Hechos y Apocalipsis, así como la apócrifa Epístola de Bernabé, el Apocalipsis de Pedro y otros escritos no canónicos.

No se puede determinar si conocía a Santiago, 3 Juan y 2 Pedro.

Los escritos de Clemente muestran con claridad que algunos libros rechazados por la iglesia occidental como no canónicos se usaban todavía sin escrúpulos en el Oriente.

Sólo en el Occidente se hacía en ese tiempo una clara distinción entre los escritos apostólicos y los que no lo eran.

9.08. Tertuliano y el canon del NT

Un estudio de los escritos de Tertuliano revela un cuadro muy parecido al de Irineo respecto a su canon del Nuevo Testamento.

Aunque citaba la Epístola a los Hebreos, no la consideraba como canónica, pues pensaba que había sido escrita por Bernabé (Sobre el recato cap. 20).

Tertuliano aceptó el Pastor de Hermas durante sus primeros años, pero lo rechazó más tarde.

9.07. Ireneo y el canon del NT

Puede reconstruirse fácilmente teniendo en cuenta las numerosas citas bíblicas de Ireneo.

Reconoce los cuatro Evangelios como los únicos canónicos y los caracteriza como las cuatro columnas de la iglesia (Contra Herejías iii. 11. 8).

También acepta 13 epístolas de Pablo, 1 Pedro, 1 y 2 Juan, Hechos y Apocalipsis.

Ireneo no cita de Hebreos, Santiago y 2 Pedro, y quizá hayan estado ausentes de su colección de libros del Nuevo Testamento.

Tampoco menciona 3 Juan y Judas, pero eso puede haber sido accidental, pues ambas son muy cortas.

Pero es evidente que Ireneo consideraba al Pastor de Hermas como canónico pues introduce una cita de esa obra con las palabras: "La Escritura declaró" (Id., iv. 20. 2).

9.06. El Fragmento Muratoriano

La lista sistemática más antigua de libros del Nuevo Testamento que se conoce es el Fragmento Muratoriano, que recibe su nombre de su descubridor, L. A. Muratori, quien la encontró en la biblioteca de un monasterio de Milán en 1740.

Faltan el principio y el fin del documento, su latín es bárbaro y pésima su ortografía.

Por lo general los eruditos han llegado a la conclusión de que este fragmento originalmente fue escrito en Roma a fines del siglo II.

Presenta una lista de los libros que podían ser leídos públicamente en la iglesia y también menciona varios libros que no debían ser leídos.

En la porción que falta en el comienzo del Fragmento Muratoriano había evidentemente una observación acerca de Mateo; seguía una nota acerca de Marcos de la cual sólo se ha conservado una línea. Como Lucas es llamado el tercer Evangelio y Juan el cuarto, sin duda Mateo encabezaba la lista.

A continuación sigue Hechos de los Apóstoles, y después vienen las epístolas en este orden: 1 y 2 Corintios, Efesios, Filipenses, Colosenses, Gálatas, 1 y 2 Tesalonicenses, Romanos, Filemón, Tito, 1 y 2 Timoteo.

También incluye Judas y 1 y 2 Juan. Se han omitido Hebreos, Santiago, 1 y 2 Pedro y 3 Juan.

Hay otros libros que son puestos en duda o se rechazan completamente.

En el Fragmento se declara que aunque el Apocalipsis de Pedro (no debe confundirse con las epístolas de Pedro) es aceptado por algunos, otros pensaban que no debía ser leído en las iglesias.

Terminantemente se niega un lugar en el canon a las epístolas a los Laodicenses, a los Alejandrinos y al Pastor de Hermas.

Acerca del Apocalipsis se declara en el Fragmento, que aunque Juan escribió a las siete iglesias, habló a todas.

9.05. El canon del Nuevo Testamento a fines del siglo II

A fines del siglo II es evidente que existía un canon, o sea un conjunto de libros reconocidos generalmente como los que constituían el Nuevo Testamento.
En diversas partes del mundo romano hay testigos que afirman la existencia de un canon tal.

De Roma procede un documento llamado el Fragmento Muratoriano.

De las Galias, el testimonio de Ireneo de Lyon.

Del Africa, el de Tertuliano de Cartago.

De Egipto, el de Clemente de Alejandría.

9.04. Evolución del canon del Nuevo Testamento, 140-180 d. C

El primero que estableció un canon del Nuevo Testamento fue el hereje Marción, aproximadamente a mediados del siglo II.

Marción era un consumado antisemita que sostenía que el Jehová del Antiguo Testamento, el Dios judaico de ira y justicia, no tenía nada en común con el Dios cristiano de amor. Marción sostenía que era un fiel intérprete de la teología cristiana de Pablo, y como era un excelente organizador fijó, para su propia iglesia sectaria, un canon bíblico de acuerdo con sus ideas.

Eliminó todo el Antiguo Testamento y también algunos libros de la era apostólica. Su Biblia consistía, por lo tanto, sólo del Evangelio de Lucas, los escritos del apóstol Pablo y un libro llamado Antíthesis, en el cual presentaba sus argumentos para rechazar el Antiguo Testamento.

Su colección de las epístolas de Pablo, llamada Apostólikon, consistía de diez cartas de Pablo: Gálatas, 1 y 2 Corintios, Romanos, 1 y 2 Tesalonicenses, "Laodicenses" (Efesios), Colosenses, Filipenses y Filemón.

Rechazó 1 y 2 Timoteo, Tito y Hebreos, y también alteró el texto de los libros que aceptó para que concordaran con su teología.

La obra de Marción obligó a la iglesia a definirse respecto a los libros que con justicia podrían ser considerados como parte de las Escrituras. Lamentablemente hay pocas fuentes disponibles que muestren claramente cómo procedió la iglesia cristiana en este asunto a mediados del siglo II. Un claro cuadro del canon del Nuevo Testamento sólo aparece alrededor del año 200 d. C.

Las escasas fuentes sobre este tema que están a nuestro alcance durante el período de que nos ocupamos, son las siguientes:

Justino Mártir, contemporáneo de Marción, escribió varias obras en Roma alrededor del año 150 d. C., en las cuales consideró los Evangelios como Sagradas Escrituras, al mismo nivel del Antiguo Testamento. Cuando describe los cultos de la iglesia cristiana, dice que en sus reuniones los cristianos leían las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas (es decir, el Antiguo Testamento) antes del sermón (Primera apología, cap. 67).

Al escribir para los lectores paganos, Justino usó un término literario: apomnêmoneumata, "memorias", para referirse a los Evangelios, lo que explica en el pasaje precedente (Id., cap. 66).

Al mencionar los Evangelios antes que el Antiguo Testamento cuando describe la lectura de las Escrituras cristianas, indica que la iglesia daba a los Evangelios una categoría por lo menos tan elevada como la del Antiguo Testamento.

Justino también declara (Diálogo, cap. 103) que los Evangelios habían sido compuestos por los apóstoles o por los discípulos de los apóstoles.

A veces introduce citas de los Evangelios con una fórmula como ésta: "Cristo ha dicho" (Id., cap. 49, 105); y algunas veces con la frase: "Escrito está" (Id., cap. 49, 100, 107).

Si bien se ha debatido cuántos Evangelios conocía Justino, es fuerte la evidencia de que usaba los cuatro. Algunas de sus citas no están en la forma exacta en que aparecen en los Evangelios canónicos, y pueden haber sido tomadas de fuentes extrabíblicas.

En ese mismo tiempo en 2 Clemente se usan dichos de Jesús que no se hallan en los Evangelios canónicos (cap. 4-5, 12), por lo tanto no sería sorprendente que Justino hubiera hecho lo mismo.

Los escritos de Justino demuestran que no sólo estaba familiarizado con los Evangelios sino también con Romanos, 1 Corintios, Gálatas, Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses, Hebreos, 1 Pedro y Hechos.

En una declaración tomada del Antiguo Testamento cita el Apocalipsis y un dicho del Señor (Diálogo, cap. 8l).

Taciano, discípulo de Justino, compuso una armonía de los cuatro Evangelios canónicos con lo cual parece indicar que consideraba que esos libros no estaban entre las obras apócrifas. Esta armonía conocida como Diatesarón (literalmente "a través de cuatro"), parece que era la forma autorizada en que el relato evangélico circuló durante unos dos siglos en la iglesia de habla siríaca.

Teófilo de Antioquía. (m. c. 181 d. C.) coloca los Evangelios en el mismo nivel de los libros proféticos del Antiguo Testamento, y declara que fueron escritos por "neumatophoroi", "[hombres] llevados por el espíritu" (A Autólico ii. 22; iii. 12).

El libro del Apocalipsis era tenido en alta estima en ese tiempo. Eso lo indican Justino Mártir (Diálogo cap. 81), Teófilo (Eusebio, Historia Eclesiástica iv. 24) y Apolonio (Eusebio, Id. v. 18).

9.03. Las Sagradas Escrituras en la iglesia primitiva - III

Además de los Evangelios circulaban otras obras cristianas en la iglesia primitiva; pero las epístolas del apóstol Pablo ocupaban el primer lugar.

Pablo escribió generalmente para hacer frente a problemas específicos en ciertas localidades; sin embargo, al mismo tiempo fomentaba la distribución de sus cartas, como es evidente por su pedido de que los colosenses (Col. 4:16) y los laodicenses intercambiaran sus cartas.

Puede asegurarse que antes de que su carta pasara a otra congregación, por lo general la iglesia que la tenía hacía copia de ella. Las cartas de Pablo fueron quizá las que primero se copiaron, y esa colección de copias creció. Que esta colección ya existía en los días apostólicos puede deducirse por lo que dice Pedro (2 Pedro 3:15-16), alrededor tal vez del año 65 d. C.

Así también Clemente Romano, que escribió a la Iglesia de Corinto 30 años después, pudo amonestarles: "Aceptad la epístola del bendito apóstol Pablo" escrita a los corintios (1 Clemente cap. 47). El hecho de que Clemente continúa refiriéndose al contenido de 1 Corintios parece indicar que esa epístola había sido guardada no sólo en Corinto sino que Clemente tenía también una copia a su disposición en Roma.

Otros testigos de que desde muy antiguo se distribuían los escritos de Pablo son Ignacio y Policarpo. Ambos escribieron en la primera mitad del siglo II.

Alrededor del año 117 d. D., Ignacio escribió desde Esmirna a los efesios que Pablo "en toda su Epístola hace mención de vosotros en Cristo Jesús" (cap. 12).

Probablemente a mediados del siglo II Policarpo escribió a los filipenses acerca de Pablo, que "cuando ausente de vosotros os escribió una carta que, si la estudiáis cuidadosamente, encontraréis que es el medio para edificaros en aquella fe que os ha sido dada" (cap. 3). En otra parte de la misma epístola (cap. 12) Policarpo cita a Pablo (Efe. 4:26) como "escritura".

Estas afirmaciones indican claramente que tanto Ignacio como Policarpo conocían muy bien por lo menos dos de las cartas de Pablo y que esperaban que las iglesias también las conocieran. Por eso parece probable que circulara ampliamente una colección de las epístolas de Pablo unas pocas décadas después de su muerte.

Otras epístolas, además de las de Pablo, deben también haber circulado desde los primeros años.

Pedro dirigió su primera carta a los cristianos de cinco provincias del Asia Menor, dándole así claramente el carácter de una carta circular.

Santiago tuvo el mismo propósito cuando dirigió su epístola "a las doce tribus que están en la dispersión".

Juan dirigió el Apocalipsis a las siete iglesias de la provincia romana de Asia y afirmó específicamente que tenía la inspiración divina en lo que escribía (Apocalipsis 1: 1-3; 22:18-19).

Es razonable entonces concluir que estos libros rápidamente alcanzaron una amplia circulación.

Frente a estas pruebas es obvio el hecho de que libros que se originaron en el tiempo de los apóstoles, y que referían la vida de Cristo o contenían importantes mensajes de los apóstoles, fueron muy estimados por la iglesia y se reconoció su autoridad.

9.02. Las Sagradas Escrituras en la iglesia primitiva - II

Además del Antiguo Testamento, la iglesia primitiva poseía las "palabras del Señor" como recibidas de Jesús mismo o de los apóstoles que habían sido testigos oculares.

La iglesia consideraba las palabras y profecías de Jesús en el mismo nivel de inspiración que las afirmaciones del Antiguo Testamento.

Por eso Pablo podía citar el Pentateuco y unirlo con una declaración de Jesús:

1 Timoteo 5:18
"Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; (Deut. 25:4) y: Digno es el obrero de su salario" (Lucas 10:7).

Era sencillamente natural que cuando los apóstoles predicaban el Evangelio por todo el mundo, circularan oralmente muchas de las palabras del Señor y muchas reminiscencias en cuanto a él.

Un ejemplo de esto lo tenemos cuando Pablo, hablando a los ancianos de Efeso, usó un dicho de Jesús que no aparece en ninguna parte de los Evangelios:

"En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir" (Hechos 20:35).

Que la tradición oral acerca de las palabras de Jesús existía en el siglo II, queda demostrado por el relato de Eusebio (Historia eclesiástica iii. 39. 2-4) en cuanto al interés manifestado en ellas por Papías (primer tercio del siglo II).

Pero al mismo tiempo pueden verse en el más antiguo período cristiano ciertos pasos iniciales para la formación del canon del Nuevo Testamento.

En la primera generación de cristianos aparecieron registros escritos de la vida de Cristo. En el prólogo de su Evangelio (Lucas 1:1-4), Lucas testifica de que existían en su tiempo varias obras que describían la vida y las enseñanzas de Jesús, y prosigue asegurando a sus lectores que su narración es digna de fe.

Puede aceptarse que antes de terminar el siglo I la mayoría de las iglesias poseían el Evangelio escrito. Es evidente que los padres de la iglesia estaban familiarizados con estos escritos, pues los citan.

La palabra "Evangelio" - ευαγγελιον [euaggelion] aparece en el Nuevo Testamento sólo en número singular para designar las alegres nuevas de Jesús.

Justino Mártir (c. 150 d. C.) fue el primero que usó el plural "los Evangelios" τα ευαγγελια [ta euaggelia] para designar los relatos escritos de la vida de Jesús.

Poco a poco se comenzó a usar la frase "escrito está", que generalmente se utilizaba para citar el Antiguo Testamento, para referirse también a los dichos de Jesús.

La primera vez que se la usó fue en la Epístola de Bernabé (cap. 4), escrita antes de 150 d. C.

El cap. 14 de la así llamada Segunda Epístola de Clemente, de más o menos la misma fecha, habla de la enseñanza de los "Libros de los apóstoles" acerca de la iglesia, referencia que puede incluir los Evangelios y el Antiguo Testamento como los "Libros", y que ciertamente demuestra la categoría que habían alcanzado las epístolas en ese tiempo.

9.01. Las Sagradas Escrituras en la iglesia primitiva - I

La colección de los escritos sagrados del Nuevo Testamento encontró su prototipo en el canon del Antiguo Testamento.

La LXX (Antiguo Testamento), que era en todo el mundo de habla griega la Biblia de los judíos de la dispersión (diáspora), se convirtió en la Biblia de la cristiandad.

Los cristianos aceptaron con ella la doctrina judía de la inspiración divina, de modo que en los libros del Antiguo Testamento no veían sólo las palabras de Samuel, David o Isaías, sino más bien la Palabra de Dios, el resultado del Espíritu divino y de una sabiduría divina.

Como los cristianos creían que los judíos habían perdido sus privilegios y habían sido rechazados por Dios por rechazar a Cristo, la iglesia cristiana se consideraba a sí misma como la única que tenía derecho a ser dueña de esa Palabra de Dios y de interpretarla.

El Antiguo Testamento contenía profecías que señalaban a Cristo y también muchas gloriosas promesas para el verdadero pueblo de Dios, pueblo que los cristianos creían que eran. Todo esto hizo que el Antiguo Testamento fuera amado por los primeros cristianos.

9.00. Historia del canon del Nuevo Testamento

Aunque las raíces de la formación del canon se remontan a la era apostólica, durante varios siglos no fue posible lograr un reconocimiento uniforme de todos los libros del Nuevo Testamento en toda la cristiandad.

El canon del Nuevo Testamento no comenzó a existir por un decreto papal ni tampoco por la decisión de un concilio ecuménico de la iglesia.

Tampoco fue el resultado de un "milagro", según se afirma en el siguiente relato legendario:

Se dice que los delegados al Concilio de Nicea, deseosos de saber cuáles eran los libros canónicos y cuáles no, colocaron debajo de la mesa de la comunión todos los libros para los cuales se pedía un lugar en el canon.

Entonces oraron para que el Señor les mostrara cuáles eran los libros canónicos colocándolos milagrosamente encima del montón.

Según el relato, ese milagro sucedió durante la oración, y así se estableció el canon del Nuevo Testamento.

Este relato, de origen dudoso, no tiene la más mínima posibilidad de ser cierto.

8.04. Citas de los padres de la iglesia

Los padres de la iglesia usaron muchísimo el Nuevo Testamento, como puede verse por el gran número de citas que hay en sus obras.

En los escritos de Justino Mártir hay 300 citas directas o indirectas del Nuevo Testamento; en Ireneo, 1.800; en Clemente de Alejandría, 2.400; en Tertuliano, más de 7.000; en Orígenes, casi 18.000.

Las citas del Nuevo Testamento que hay en la literatura cristiana antigua tienen aproximadamente el mismo valor para el estudio textual que las traducciones antiguas, pues las obras compuestas en los siglos II y III son más antiguas que la mayoría de los manuscritos bíblicos disponibles.

Además, generalmente se sabe cuándo y dónde vivieron los padres de la iglesia, y por lo tanto el carácter de sus citas con frecuencia ayuda a encontrar el lugar y el tiempo aproximado del origen de ciertas variantes y de ciertos tipos de texto.

Por lo tanto, es razonable llegar a la conclusión de que el tipo de texto usado por Cipriano, que escribió en el norte de Africa, probablemente era común en aquella parte del mundo.

Asimismo, el texto citado por Orígenes, que primero vivió en Alejandría y después en Cesarea, lo más probable es que fuera una recensión o revisión de un texto hecha en Alejandría o Cesarea.

Cuando se hallan algunas citas de las obras de los padres de la iglesia que concuerdan con ciertos manuscritos del Nuevo Testamento, se puede concluir que estos últimos representan un texto tipo que era común en el tiempo y lugar en que escribieron esos padres.

Sin embargo, debe recordarse que el uso de citas por parte de los padres de la iglesia tiene sus limitaciones.

La mayoría de las citas son cortas, nunca se citan ciertos pasajes importantes del Nuevo Testamento, y no se sabe si determinado escritor se citó de memoria o se copió. Por eso es engañoso declarar que cada variante que se encuentra en los padres es un testimonio importante en favor de cierto tipo textual.

También debería señalarse que los manuscritos en donde están las obras de los padres han tenido su propia historia de transmisión, y quizá no siempre representan con fidelidad lo que se escribió originalmente.

8.03. Las traducciones coptas

Recibe el nombre de copto, el idioma vernáculo de los cristianos egipcios a partir del siglo III.

El dialecto copto del bajo Egipto se llamaba bohaírico (o menfítico), y el que se usaba en el alto Egipto era conocido como sahídico (o tebano).

Se conocen más de 120 manuscritos del Nuevo Testamento en bohaírico, que datan quizá del siglo IX al XII.

En esos manuscritos hay pocas variantes y son reproducciones fieles del tipo de texto representado por los grandes manuscritos griegos: el Vaticano y el Sinaítico.

También existe una traducción sahídica que es muy semejante en su forma textual con la versión bohaírica; pero contiene variantes que se encuentran en el Códice de Beza, en las traducciones latinas antiguas y en las siríacas antiguas.

Los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento sahídico no son tan abundantes como los que hay en bohaírico. Su fecha quizá esté entre los siglos V y IX.

No se ha establecido con seguridad cuándo se hicieron originalmente estas traducciones coptas; pero la sahídica quizá apareció a principios del siglo III y la bohaírica poco después.

8.02d. LA PESHITO (Peshitto o Peschito).

"Peshito" significa "simple" o "común".

Esta traducción siríaca se llamó así desde el siglo IX en adelante, quizá debido a que se había convertido en la más difundida de las versiones siríacas.

Se cree que su autor fue Rábula, obispo de Edesa de 411 a 435 d. C.

En la Peshito faltan cuatro de las epístolas generales o "universales" (2 Pedro, Judas, 2 y 3 Juan) y el Apocalipsis.

Esta nueva versión desplazó rápidamente a las traducciones más antiguas, y fue la Biblia de ambas iglesias sirias después de que se dividieron en los grupos nestoriano y monofisita en el 431 d. C.

Se conocen más de 350 manuscritos de la Peshito, varios de los cuales son de los siglos V y VI.

8.02c. LA SIRIACA SINAITICA.

Este manuscrito de los Evangelios fue descubierto por las señoras A. S. Lewls y A. D. Gibson en el monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí, en 1892.

Es un palimpsesto que proporciona una traducción quizá más antigua que la que presenta la Siríaca Curetoniana. No se conserva ningún manuscrito de la antigua versión siríaca de Hechos o de las espístolas de Pablo.

Se conoce esta versión sólo por los Evangelios, las citas de los padres orientales, y en el caso de Hechos, por el comentario de Efraín, que se conserva sólo en armenio.

8.02b. LA SIRIACA CURETONIANA

Este manuscrito de los Evangelios, hallado en un monasterio copto de Egipto, quedó en posesión del Museo Británico en 1842.

Se escribió en el siglo V y recibió su nombre debido a su editor moderno, W. Cureton.

La traducción de los cuatro Evangelios, de los cuales es copia, se hizo alrededor del año 200 d. C.

8.02a. EL DIATESARON

El Diatesarón (o Diatessaron) es una armonía de los Evangelios preparada por el apologista Taciano quizá en la segunda mitad del siglo II.

Su nombre probablemente significa literalmente "a través de cuatro", para significar que es una armonía de los cuatro Evangelios.

La iglesia siria usó el Diatesarón casi exclusivamente, durante varios siglos, en lugar de los cuatro Evangelios; sin embargo, no disponemos hoy de ningún ejemplar siríaco de esa obra de Taciano.

Sólo se conoce por algunas traducciones libres al árabe, latín y holandés, y por una hoja de un texto griego.

No se ha definido aún la cuestión de si el Diatesarón fue escrito originalmente en siríaco o en griego.

8.02. Antiguas traducciones siríacas

La historia de las traducciones de la Biblia al siríaco se parece mucho a la de las traducciones al latín, pues las primeras traducciones, de origen dudoso, finalmente fueron reemplazadas por una versión autorizada reconocida.

8.01a. La Vulgata

Las grandes diferencias entre las diversas traducciones latinas antiguas hizo necesaria una revisión completa.

Esta tarea fue emprendida por Jerónimo bajo el patrocinio de su amigo, el papa Dámaso.

Jerónimo usó el antiguo texto latino de tipo europeo y lo corrigió de acuerdo con los manuscritos griegos.

Comenzó su obra con el Nuevo Testamento alrededor del año 382 d. C. En 405 ya había traducido también el Antiguo Testamento.

Como su obra era patrocinada por Roma, la traducción de Jerónimo desplazó gradualmente a versiones anteriores, y finalmente recibió el honroso título de Vulgata "la común".

Sin embargo, su aceptación no fue posible hasta que se hicieron algunas modificaciones en su texto. Por lo tanto, la Vulgata que conocemos hoy no es, de ninguna manera, una obra exclusiva de Jerónimo.

8.01. Antiguas traducciones latinas

Estas traducciones son anteriores a la época cuando Jerónimo preparó la traducción de la Vulgata a fines del siglo IV.

Cada manuscrito es muy diferente de todos los demás.

Agustín dijo al comentar este hecho, que se conocía el número de los que tradujeron la Biblia hebrea al griego (los Setenta), pero que no se podía decir lo mismo del número de los autores de las traducciones latinas.

Se conocen unos 50 manuscritos de estas antiguas traducciones latinas hechas desde el siglo IV hasta el XIII.

Su texto es muy parecido al texto griego del Códice de Beza y, en algunos respectos, al de la antigua versión siríaca.

El nombre Itala, aplicado frecuentemente a las antiguas traducciones latinas, es incorrecto, pues se basa en un error de comprensión de una expresión de Agustín que en realidad usó este término para la Vulgata.

8.00. Las traducciones antiguas del Nuevo Testamento

Cuando las enseñanzas cristianas se propagaron en países donde no se hablaba griego, fue necesario hacer traducciones de los escritos sagrados de la iglesia en las lenguas vernáculas.

Quizá por esto a fines del siglo II el Nuevo Testamento fue traducido al siríaco, una forma del arameo que se hablaba en el norte de Siria y la alta Mesopotamia.

En ese mismo tiempo se hicieron traducciones al latín para los cristianos de Italia y del norte del Africa; y también, probablemente, antes del año 200 d. C. se hicieron traducciones de las Escrituras al copto para los creyentes del alto Egipto.

Después, especialmente a comienzos de la Edad Media, se hicieron traducciones a la lengua gótica, al armenio, al etíope y al árabe.

Las versiones más antiguas - siríaca, latina y copta - han sido de mucho valor para la investigación textual. Su importancia se debe a que esas traducciones se hicieron antes que cualquiera de los manuscritos griegos que hoy se conocen; por eso sirven como testimonios de los tipos textuales que existían a fines del siglo II.

Como provienen de zonas geográficas limitadas, también sirven para revelar el lugar de origen de ciertas peculiaridades y variantes textuales.

Sin embargo, su utilidad también está sujeta a limitaciones porque ninguna traducción representa fielmente al original, y estas traducciones antiguas sólo han llegado a nosotros en copias posteriores que, como todos los otros manuscritos, tienen sus propias historias textuales.

Comparten las mismas limitaciones las traducciones medievales posteriores, como la arábiga, laanglosajona, la valdense y la paleogermana. Evidentemente algunas fueron traducciones de traducciones, tomadas de la Vulgata latina y no del texto griego.

7.00. Leccionarios

Los leccionarios contienen colecciones de pasajes bíblicos usados en las iglesias para las lecturas de las Escrituras correspondientes a cada semana del año litúrgico. Algunos contienen lecturas sólo para sábados y domingos; otros contienen todas las lecturas correspondientes a los días de entre semana.

El número de estos manuscritos es de 2.135. Aunque su valor es muy pequeño para la reconstrucción del texto original, pues casi todos estos manuscritos son copias tardías, ayudan a identificar los lugares de origen y el ámbito geográfico en que se esparcieron ciertas variantes, ya que se conocen con frecuencia los monasterios e iglesias en que fueron escritos.

La presentación de un resumen de los manuscritos disponibles del Nuevo Testamento revela que, afortunadamente, los eruditos tienen a su alcance algunos manuscritos que distan poco del tiempo de sus autores originales.

Los grandes unciales - el Vaticano y el Sinaítico - fueron escritos unos 250 años después de los apóstoles, y los papiros Beatty y Bodmer son un siglo más antiguos, de modo que hay un intervalo de poco más de 100 años entre la escritura de los originales y la producción de las copias más antiguas que ahora tenemos.

En este respecto el erudito neotestamentario es mucho más afortunado que el que se ocupa de las obras griegas famosas de la antigüedad.

Por ejemplo, los escritos de Sófocles, Esquilo, Eurípides, Aristófanes, Platón y otros, sólo se conocen a través de copias medievales escritas con minúsculas, de 12 a 16 siglos después de la muerte de sus autores.

Las copias de las obras latinas están generalmente a una distancia de 500 a 700 años de sus autores.

Debido a que los manuscritos existentes del Nuevo Testamento llegan mucho más cerca de los originales, se puede confiar en que las ediciones eruditas modernas del Nuevo Testamento griego virtualmente no varían en ningún punto importante de los manuscritos de los autores originales.

6.00. Manuscritos Cursivos

Hay más de 2.750 manuscritos cursivos (en minúscula) que se pueden estudiar, pero su valor es mucho menor que el de los unciales por ser mucho menos antiguos.

Sólo hay 46 cursivos en los que está todo el Nuevo Testamento. Todos los demás tienen únicamente partes de él. Los Evangelios aparecen con más frecuencia. Los manuscritos cursivos se identifican con números arábigos.

Aunque la mayoría de los cursivos tienen un tipo de texto de origen tardío, es evidente que algunos son copias de manuscritos muy antiguos. Por ejemplo, el texto del Cursivo 33 es casi idéntico con el del Códice Vaticano.

Algunos manuscritos cursivos forman familias, como 1, 118, 131 y 209, que Kirsopp Lake indicó que se remontaban a un arquetipo similar al Nuevo Testamento griego que Orígenes usó en Cesarea, generalmente llamado el texto de Cesarea.

El erudito irlandés W. H. Farrar identificó otra familia de cursivos: 13, 69, 124 y 346.

5.08. CÓDICE KORIDETIANO ( θ )

Este uncial de los Evangelios es diferente en muchos respectos de los ya mencionados.

No es antiguo, pues quizá fue escrito en el siglo IX por un escriba poco experto, que sólo tenía un conocimiento rudimentario del griego.

Von Soden fue el primero en prestar atención a este códice en 1906; pero no llegó a ser bien conocido hasta que Beermann y Gregory lo publicaron en 1913.

Su nombre se deriva del monasterio de Korideti, en el Cáucaso, donde fue conservado anteriormente. Ahora está en Tiflis, capital de Georgia.

El Koridetiano es un valioso manuscrito porque su texto, especialmente Marcos, es del tipo de Cesarea, que se remonta, por lo menos, al siglo III.

5.07. CÓDICE CLAROMONTANO (D).

A este manuscrito bilingüe también se le asigna como símbolo la letra D, pues contiene sólo epístolas de Pablo que no están en el Códice de Beza, y, además, perteneció antes a Beza.

El manuscrito recibió su nombre del monasterio de Clermont, al cual perteneció durante un tiempo. Ahora está en la Biblioteca Nacional de París.

El Claromontano, como el de Beza, proviene del siglo VI, y probablemente alguna vez formaron un solo volumen.

5.06. CÓDICE DE BEZA CANTABRIGENSE (D)

Este manuscrito es un uncial del siglo VI que contiene los Evangelios y Hechos tanto en griego como en latín. Se lo llama así porque una vez perteneció al reformador francés Teodoro Beza, quien lo obsequió en 1581 a la biblioteca de la Universidad de Cambridge.

Su carácter bilingüe indica que se originó en la parte meridional de Francia o de Italia. Este manuscrito revela extrañas peculiaridades en los escritos de Lucas, las que también se encuentran en las antiguas traducciones siríacas y latinas. Tiene también muchas omisiones.

5.05. CÓDICE FREERIANO (W)

Este códice, también conocido como Washingtonense, fue escrito a fines del siglo IV o comienzos del V, y contiene los Evangelios.

Charles L. Freer lo compró en El Cairo en 1906; pero ahora está en la Galería de Arte Freer, en Washington D. C.

En este manuscrito hay extrañas peculiaridades: Mateo, Lucas 8:13 a 24:53, y Juan 1:1 a 5:12 son del tipo de escritura o texto llamado bizantino; el resto de Lucas y de Juan concuerda con el texto presentado por el Vaticano y el Sinaítico; Marcos 1:1 a 5:30 corresponde con un tipo de texto occidental, y el resto de Marcos es de Cesarea.

Otra variante de este códice en la terminación de Marcos (Marcos 16:14)*.
------------------------------
*Este manuscrito añade al vers. 14 lo que a veces es llamado el "Lógion Freer" (dichos de Freer).

Esta añadidura tiene rasgos inconfundibles que muestran que es una interpolación posterior, y sólo tiene interés como una curiosidad textual.

Su texto dice:
"Y éstos alegaron en su defensa: 'Este siglo de iniquidad y de incredulidad está bajo el dominio de Satán, que no deja que lo que está bajo el yugo de los espíritus impuros reciba la verdad y el poder de Dios; manifiesta, pues, ya desde ahora tu justicia'. Esto es lo que decían a Cristo y Cristo les respondió: 'El término de los años del poder de Satán se ha cumplido, pero otras cosas terribles se acercan. Y yo he sido entregado a la muerte por los que pecaron, para que se conviertan a la verdad, y no pequen más, a fin de que hereden la gloria espiritual e incorruptible de justicia que está en elcielo...' ".

5.04. CÓDICE DE EFRÉN (AFREN O EFRAÍN) (C)

Este palimpsesto estuvo originalmente en Constantinopla, de donde fue llevado a Florencia cuando aquella ciudad fue tomada por los turcos en 1453.

Cuando Catalina de Médicis se convirtió en la novia de Enrique II de Francia en el siglo XVI, recibió este manuscrito como parte de su dote y lo llevó a París, donde está ahora en la Biblioteca Nacional.

Fue escrito originalmente en el siglo V, pero el texto fue borrado en el siglo XII y reemplazado con 38 tratados de Efrén de Siria, reconocido como uno de los padres de la iglesia, y por eso este códice recibió este nombre.

Se afirmaba que el texto original era ilegible; pero Tischendorf lo descifró después de trabajar pacientemente durante dos años, y en 1843 publicó un facsímile del Nuevo Testamento.

El manuscrito tiene 209 hojas; 64 contienen secciones del Antiguo Testamento, y 145 del Nuevo Testamento. Estas hojas miden 31,25 por 23,75 cm con una sola columna en cada página.

Están representados los libros del Nuevo Testamento excepto 2 Tesalonicenses y 2 Juan; pero ningún libro está completo. Por eso sólo abarca unos cinco octavos del Nuevo Testamento.

5.03. CÓDICE ALEJANDRINO (A)

Este códice fue durante siglos el único manuscrito bíblico antiguo ampliamente conocido en Europa. Fue escrito en Egipto en el siglo V.

Cirilo Lucar, patriarca bien conocido, lo llevó en 1621 de Alejandría a Constantinopla cuando fue nombrado patriarca de esta última ciudad.

Siete años más tarde lo obsequió al rey Carlos I de Inglaterra.

En 1757 Jorge II lo depositó en el Museo Británico.

Su texto del Nuevo Testamento fue impreso por primera vez en 1786.

En 1879 fue reproducido fotográficamente, y en 1909 apareció una segunda edición en escala reducida.

El manuscrito tiene 773 hojas, de las cuales 144 corresponden al Nuevo Testamento.

Las hojas miden unos 32 por 27 cm, escritas en dos columnas de 50 líneas cada una.

La escritura es gruesa y grande. En este manuscrito faltan los capítulos 1-24 de Mateo, dos hojas de Juan y tres hojas de 2 Corintios.

Además de los libros canónicos del Nuevo Testamento, también están en el Alejandrino las dos epístolas de Clemente Romano.

5.02. Códice Sinaítico (א )

(א , a veces indicado con el símbolo S, especialmente por los impresores que no tienen tipos de letras hebreas).

Este manuscrito es el segundo de los códices de pergamino más antiguo de la Biblia.

Tischendorf descubrió 129 hojas de él en un cesto de papeles del monasterio de Santa Catalina, en el monte Sinaí, en 1844. En ese momento pudo llevar con él 43 hojas, que han quedado en poder de la biblioteca de la Universidad de Leipzig.

Después de una segunda búsqueda en 1853, que resultó infructuosa, finalmente consiguió encontrar el resto del manuscrito durante una tercera permanencia en el monasterio en 1859.

Por pedido de Tischendorf, el monasterio donó el códice al zar de Rusia Alejandro II, quien lo colocó en la biblioteca imperial de San Petersburgo.

En 1933 el gobierno soviético lo vendió a Gran Bretaña por 100.000 libras esterlinas y desde entonces ha estado en el Museo Británico de Londres.

En 1862 Tischendorf publicó un facsímile del Sinaítico en cuatro tomos monumentales. Una reproducción fotográfica apareció en 1911. (Ver abajo).

Este códice consiste de 346 hojas, el Nuevo Testamento completo ocupa 145 de ellas. También incluía la Epístola de Bernabé (apócrifa) y una tercera parte de la obra del Pastor de Hermas.

Las páginas miden unos 43 por 38 cm, y son de 4 columnas con 48 líneas cada una. La escritura, aunque similar a la del Vaticano, fue ejecutada algo menos cuidadosamente, y hay en ella muchas correcciones hechas por tres personas diferentes.

Este manuscrito fue escrito en el siglo IV, quizá algo después que el Códice Vaticano.


Comienzo de Marcos 1 en el Códice Sinaítico con cuatro columnas de 48 líneas cada una, sin separación de palabras, ni acentos, ni pausas.


CODEX SINAITICUS


5.01. Códice Vaticano (B)

El Códice Vaticano es uno de los dos códices bíblicos de pergamino más antiguos que se conocen hasta ahora.

No se sabe cómo llegó a la biblioteca del Vaticano; pero en 1481, cuando se hizo el primer catálogo de esa biblioteca, ya estaba allí.

No se usó durante siglos, y las autoridades del Vaticano aun lo negaron a veces a los eruditos que querían consultarlo.

Después de muchos esfuerzos estériles, finalmente el erudito bíblico alemán, Constantin Tischendorf, obtuvo permiso para su publicación, lo cual hizo en 1867. Un facsímile científicamente satisfactorio apareció en 1904. Este precioso documento quedó así al alcance de todos los eruditos.

Este códice tiene 759 hojas, de las cuales 142 abarcan el Nuevo Testamento. Se han conservado los Evangelios, los Hechos, las epístolas generales (o "universales"), las cartas de Pablo y Hebreos hasta el cap. 9:14.

Faltan el resto de Hebreos, 1 Timoteo, Tito, Filemón y Apocalipsis.

Las páginas miden unos 25 por 25 cm, con tres columnas de 42 líneas cada una. La escritura es nítida y elegante, y corresponde con el estilo del siglo IV.

Desafortunadamente el manuscrito sufrió las añadiduras hechas por una mano posterior, entre los siglos VIII y X. Esa persona repasó el texto que había palidecido y añadió marcas diacríticas.

Además, ese escriba desconocido procedió como un crítico textual pues no repasó las palabras y letras que le parecía que estaban fuera de lugar. Dos correctores posteriores añadieran otras alteraciones.


Sección de Lucas 7 del Códice Vaticano escrito en mayúscula (uncial), con columnas de 42 líneas, sin separación entre las palabras y muy pocos signos de puntuación; los acentos y las pausas fueron agregados más tarde.

5.00. Los principales unciales

Ningún estudiante del texto del Nuevo Testamento puede recordar todos los manuscritos bíblicos, y aun es difícil que recuerde todos los unciales.

Sin embargo, debiera estar familiarizado con algunos de los manuscritos más antiguos y más famosos sobre cuya validez se basan las ediciones impresas del texto griego del Nuevo Testamento que marcan la pauta, y también las traducciones modernas, tales como la RVR, BJ, BC, NC, etc.

CÓDICE VATICANO (B).

CÓDICE SINAITICO ( א ).

CÓDICE ALEJANDRINO (A).

CÓDICE DE EFRÉN (AFREN O EFRAÍN) (C).

CÓDICE FREERIANO (W).

CÓDICE DE BEZA CANTABRIGENSE (D).

CÓDICE CLAROMONTANO (D).

CÓDICE KORIDETIANO ( θ ).

4.05. Números y símbolos de los manuscritos unciales en pergamino

Se conocen ahora más de 265 unciales en pergamino. Algunos de ellos sólo son pequeños fragmentos. Como siguen descubriéndose manuscritos bíblicos antes desconocidos, cualquier número que se dé será inexacto antes de mucho tiempo.

Durante más de un siglo los eruditos se han acostumbrado a designar los principales manuscritos unciales con las letras mayúsculas del alfabeto latino (A, B, C, etc.).

Cuando se terminaron esas letras, usaron las letras mayúsculas del alfabeto griego que tienen un trazado diferente de las letras latinas y cuando se necesitaron más símbolos se recurrió al alfabeto hebreo.

Por eso los eruditos identifican el famoso Códice Vaticano con el símbolo B, el Koridetiano con θ (zeta - theta - griega), y el Sinaítico con א (a hebrea).

Aunque estos símbolos han sido aceptados casi enteramente por los eruditos del Nuevo Testamento hasta el punto de que difícilmente puedan ser desplazados, su uso tiene desventajas pues las letras de los tres alfabetos no son suficientes para dar un símbolo a cada uncial.

Por eso Caspar René Gregory, uno de los más grandes críticos textuales, introdujo otro sistema que da a cada uncial un número precedido por O: O1, O2, O3, etc. Aunque el sistema de Gregory es el mejor que se haya propuesto hasta ahora, pocos lo han seguido. Otro notable erudito, Hermann von Soden, ha sugerido otro sistema diferente; pero por lo general los eruditos no lo han aceptado.

Sólo unos pocos manuscritos contienen todos los libros del Nuevo Testamento. De los manuscritos unciales conocidos, únicamente 4 contenían originalmente todos los libros, y sólo 46 de unos 2.750 cursivos que se conocen contienen todo el Nuevo Testamento.

Una colección completa de todos los libros del Nuevo Testamento en un solo volumen era antiguamente pesada y costosa. Por eso en la mayoría de los manuscritos sólo hay partes del Nuevo Testamento, especialmente los Evangelios, las epístolas de Pablo o las epístolas generales (también llamadas "católicas" o "universales").

Como los Evangelios y los escritos de Pablo estaban más difundidos en la iglesia primitiva que las epístolas generales, esos libros aparecen en un número mayor de manuscritos.

4.04. Papiros de Bodmer (P66, P75, P72, P74)

La importancia de estos descubrimientos no fue menor que la de la publicación de los papiros de Bodmer entre 1956 y 1961.

Esta colección lleva el nombre de Martin Bodmer, bibliófilo y humanista suizo, fundador de la Biblioteca Bodmer de Literatura Mundial en Coligny, suburbio de la ciudad de Ginebra, quien los compró a un comerciante en antigüedades egipcio.

Además de incluir obras clásicas, apócrifas y de la época cristiana primitiva, la colección comprende manuscritos bíblicos en griego y en copto. Los MS del NT son de importancia capital.

El papiro Bodmer II, denominado P66, fue publicado en 1956 por Victor Martin, profesor de filología clásica de la Universidad de Ginebra. Este manuscrito contiene desde Juan 1:1 hasta 14:15; le falta sólo el pasaje de Juan 6:12-35a.

Según el estudio paleográfico que realizó, Martin fechó el manuscrito por el año 200 d. C.

Por su parte, Herbert Hunger, director de las colecciones papirológicas de la Biblioteca Nacional de Viena, propuso una fecha anterior, como a mediados del siglo segundo.

Según estas fechas, el papiro tendría por lo menos 125 años más que los grandes unciales que mencionaremos más adelante.

El P66 es el mejor preservado de todos los papiros bíblicos y viene de unos cien años después que el cuarto Evangelio fue escrito. Por lo tanto, debe ser considerado como importante testigo de la forma original del Evangelio. Las cien páginas publicadas miden unos 15 por 14 cm. En 1958 se publicaron los fragmentos de las 46 páginas restantes. En 1962 se publicó una copia facsímile de todo el manuscrito.

Los papiros Bodmer XIV y XV, denominados P75 contienen importantes secciones de Lucas y Juan. Fueron publicados en 1961 por V. Martin y P. Kaiser, quienes les asignaron una fecha entre 175 y 225 d. C. Constan de 102 páginas de las originales (que deben haber sido como 144); cada una de ellas mide como 27 por 13 cm. Incluye desde Lucas 3:18 hasta 18:18, y desde Lucas 22:4 hasta Juan 15:8.

Básicamente el texto coincide con el del Códice Vaticano y con los manuscritos sahídicos de la versión copta. Es posible que sea algo más antiguo que P66, y su texto parece ser mejor que el de aquél. Ambos manuscritos son del tipo alejandrino. El P75 se asemeja más al Códice Vaticano, mientras que el P66 se parece más al Códice Sinaítico aunque tiene en ciertos puntos textos que no se encuentran en otros manuscritos.

El papiro P75 contiene la copia más antigua del Evangelio de Lucas y probablemente la segunda en antigüedad de Juan. Este papiro es, por lo tanto, de inestimable valor. Estos MSS muestran que el tipo alejandrino de texto existía ya por el año 200 d. C.

Los papiros Bodmer VII y VIII, denominados P72, contienen las más antiguas copias que se conocen de Judas y 1ª y 2ª Pedro.

Estos libros bíblicos estaban encuadernados junto con una mezcla de otros documentos, copiados por cuatro escribas diferentes. Además de las tres epístolas, la colección contiene la Natividad de María, la Undécima Oda de Salomón, la Homilía de Melito sobre la Pascua, un fragmento de un himno, la Apología de Filias y los salmos 33 y 34.

Este códice de papiros, escrito en el siglo tercero, fue publicado por Michel Testuz en 1959. El texto de las epístolas es en esencia el del Códice Vaticano y de la versión sahídica.

El papiro Bodmer XVII, denominado P74, fue publicado en 1961 por Rodolfo Kasser. Contiene partes de Hechos, Santiago, 1ª y 2ª Pedro, 3ª Juan, y Judas. Está mal conservado, y por ser del siglo séptimo no tiene la importancia de los primeros papiros mencionados.

4.03. Papiro Rylands N.º 457 (P52)

Otro fragmento de papiro sumamente importante, descubierto en 1935, es el papiro Rylands N.º 457 (P52).

Fue comprado, junto con muchos otros fragmentos, por Grenfell, en 1920, para la Biblioteca John Rylands de Manchester, Inglaterra; pero no se reconoció su importancia hasta que C. H. Roberts lo examinó en 1935.

Este pequeño fragmento de papiro, de unos 9 por 6 cm, sólo contiene partes de Juan 18:31-33 en el anverso, y los vers. 37-38 en el reverso.

Todos los expertos en papiros concuerdan en que fue escrito en la primera mitad del siglo II, y algunos eminentes eruditos europeos lo han ubicado en el tiempo del emperador Trajano (98-117 d. C.).

Este Fragmento, aunque insignificante en tamaño, ha sido de gran valor. Hizo callar a aquellos críticos que fijaban el origen del cuarto Evangelio en la última parte del siglo II.

El hecho de que una copia del Evangelio de Juan, originalmente escrito en el Asia Menor, ya circulara a comienzos del siglo II en Egipto, favorece la opinión de que el Evangelio de Juan fue compuesto durante la era apostólica.

4.02. Códices de Papiro: P45 - P46 - P47

El códice que originalmente contenía los Evangelios y los Hechos (P45), está representado por 30 hojas incompletas con partes importantes de los cuatro Evangelios y de 14 capítulos de Hechos. Con la excepción de la porción de Mateo, se ha conservado lo suficiente como para dar un nítido cuadro de la naturaleza de este manuscrito evangélico del siglo III.

El segundo códice (P46) consiste de 86 hojas levemente dañadas que contienen las epístolas de Pablo.

Se cree que originalmente consistió de 104 hojas. La secuencia de los libros conservados es Romanos, Hebreos, 1 Corintios, 2 Corintios, Efesios, Gálatas, Filemón, Colosenses y 1 Tesalonicenses.

La colección original de libros de este códice quizá incluía 2 Tesalonicenses después de 1 Tesalonicenses; pero parece que faltaban las epístolas pastorales.

El tercer códice ( P47 ) del Nuevo Testamento, de los papiros de Chester Beatty, consiste de 10 hojas dañadas que contienen porciones de Apocalipsis 9 a 17.

Toda la obra debe haber tenido 32 hojas. Este manuscrito fue muy bien recibido, pues había muy pocos manuscritos primitivos que contuvieran el libro del Apocalipsis.

Estos tres códices de papiro, aunque son fragmentarios, tienen mucho valor pues proporcionan un texto representativo de 15 libros del Nuevo Testamento, cien años más antiguos que los textos conocidos hasta 1930.

Aunque hay grandes lagunas en estos textos, sin embargo, si los comparamos con otros manuscritos bíblicos es posible determinar qué clase de Nuevo Testamento usaba la iglesia cristiana de Egipto durante el siglo III, poco más de un siglo después de la muerte de los apóstoles.

4.01. Papiros

Por lo general, se usa el símbolo P y un numerito en alto (P¹, P² , etc.) para identificar los papiros del Nuevo Testamento.

Aunque la mayoría de las copias del Nuevo Testamento escritas durante los primeros tres siglos de la era cristiana deben haber sido hechas en papiros, hasta 1930 sólo se conocían 44 fragmentos de esos manuscritos; pero estos fragmentos, debido a su reducido tamaño, tenían poco valor para la historia del Nuevo Testamento.

No obstante, con el descubrimiento de dos importantes grupos de papiros en el siglo XX, el cuadro ha cambiado radicalmente. Por 1975 se conocían más de 80 papiros del NT, los cuales comprenden una buena parte del NT. Por el año 1930 se efectuó un descubrimiento de manuscritos que sólo ha sido sobrepujado en importancia por el hallazgo del Códice Sinaítico, realizado por Tischendorf unos 70 años antes.

En algún lugar de la provincia egipcia de Fayún - el sitio exacto del descubrimiento nunca fue revelado - algunos lugareños hallaron una cantidad de códices de papiro. Se los repartieron y los vendieron a varios coleccionistas de manuscritos europeos y americanos.

Entre los manuscritos había tres códices del Nuevo Testamento, grandes porciones de los cuales quedaron en poder de A. Chester Beatty, de Inglaterra. Otras secciones considerables fueron adquiridas por la Universidad de Michigan.

Algunos fragmentos quedaron en manos privadas en Austria, Italia y otras partes. Estos manuscritos habían sufrido mucho con el correr de los siglos, y cuando llegaron a Europa parecían ladrillos pues todas sus hojas estaban pegadas entre sí.

El Dr. Hugo Ibscher de Berlín - en ese tiempo la autoridad máxima en la conservación de papiros - desplegando una habilidad magistral y con infinita paciencia logró separar las hojas y consiguió montarlas en forma permanente y preservarlas.

Sir Federico Kenyon experto de primera línea en lo que atañe a manuscritos griegos - publicó los diez códices que contenían libros bíblicos entre 1933 y 1937.

Los tres códices del Nuevo Testamento son del siglo III, y, por lo tanto, son más o menos un siglo más antiguos que los más antiguos manuscritos del Nuevo Testamento previamente conocidos, excepto algunos pequeños fragmentos: