EL DIOS QUE YO CONOZCO

29.03. FILEMÓN - Marco histórico

La Epístola a Filemón es una carta personal que el apóstol Pablo escribió mientras estaba encarcelado en Roma, y la dirigió a un cristiano llamado Filemón, que vivía en Colosas.

En cuanto a la fecha de la escritura de esta epístola, ver 21.03. EFESIOS - Marco histórico. Fue enviada junto con la Epístola a los Colosenses por medio de Tíquico, amigo de Pablo, y fue escrita debido a una crisis de uno de los conversos de Pablo.

Onésimo, esclavo del cristiano Filemón, desconforme por su condición de siervo, había huido de su amo robando algún dinero u otros bienes (vers. 18). Llegó a Roma esperando, como lo hacían muchos esclavos, pasar inadvertido entre las grandes muchedumbres de esa ciudad. Y fue allí donde Onésimo se encontró con Pablo.

La necesidad quizá lo impulsó a buscar a los cristianos debido a la caridad deéstos, de la que sin duda había sido testigo con frecuencia en la casa de suamo. O quizá mientras estaba en Roma asimiló lo suficiente de las enseñanzas cristianas y su conciencia fue conmovida, y luego buscó a Pablo, quien antes pudo haber sido huésped de Filemón, para recibir conducción espiritual.

Cualquiera haya sido el motivo, Onésimo fue bien recibido y se sintió inspirado a ayudar con toda dedicación al anciano apóstol. Su conciencia y su voluntad lo prepararon para seguir la senda del deber y enmendar sus errores del pasado regresando a la casa de su antiguo amo.

Onésimo no esperó para ver cómo respondería su amo a la carta de Pablo, sino que viajó con Tíquico, el mensajero del apóstol. Nadie sabe cómo fue recibido, pero es difícil imaginar que Filemón, un seguidor de Cristo, no se conmoviera ante una súplica tan tierna.

El noble tono de la carta refleja la confianza del apóstol de que Filemón recibiría a Onésimo como a un "hermano amado" (vers. 16). Podemos suponer que la confianza de Pablo fue recompensada.

No se puede apreciar plenamente la Epístola a Filemón sin comprender bien el problema de los esclavos en el Imperio Romano en los días de Pablo. Los esclavos eran reconocidos como parte de la estructura social, y se los consideraba miembros de la casa de su dueño.

Se cree que entre los años 146 a.C. y 235 d. C. la proporción era de tres esclavos por cada ciudadano libre. Plinio afirma que en el tiempo de Augusto, un ciudadano llamado Cecilio tenía 4.116 esclavos (Enciclopedia Espasa, art. "Esclavitud").

Como había una proporción tan elevada de esclavos, la clase gobernante se sentía obligada a promulgar severas leyes para evitar fugas o revoluciones.

De acuerdo con la ley romana, el amo tenía poder absoluto sobre la vida de sus esclavos. El esclavo no podía tener ninguna propiedad. Todo lo que tenía, pertenecía a su amo, aunque a veces se le permitía acumular ciertas ganancias.

Los esclavos no podían casarse legalmente, sin embargo eran animados a que lo hicieran porque su descendencia aumentaba la riqueza del amo. El esclavo sabía que podía ser separado de su compañera e hijos, si así le placía a su amo.

Los esclavos no podían acudir a los magistrados civiles en busca de justicia, y no había un lugar donde un esclavo fugitivo pudiera encontrar asilo. No podía acusar a su amo de ningún crimen, excepto de alta traición, adulterio, incesto o la violación de las cosas sagradas.

Si un amo era acusado de un crimen, podía ofrecer a su esclavo para que, sometido a tortura, fuera interrogado en su lugar. El castigo por fugarse era con frecuencia la pena de muerte, a veces mediante la crucifixión o siendo arrojado a voraces peces llamados lampreas.

Algunos dueños de esclavos eran más considerados que otros, y había esclavos que demostraban gran afecto por sus amos. Ciertas tareas confiadas a los esclavos eran relativamente placenteras, y el cumplimiento de una cantidad de ellas exigía mucha inteligencia.

Maestros, médicos y aun filósofos con frecuencia fueron tomados como esclavos debido a victorias militares. Muchos esclavos dirigían negocios o fábricas, o administraban propiedades para sus amos.

Pero la institución de la esclavitud era una escuela de cobardía, adulación, improbidad, latrocinio, inmoralidad y otros defectos morales, pues el esclavo tenía que, por sobre todo, complacer los deseos de su amo, no importa cuán perversos fueran.

Los romanos no negaban a sus esclavos toda esperanza de libertad. La ley permitía en diferentes maneras su liberación. Lo más común era que el amo llevara a su esclavo ante un magistrado, en cuya presencia lo hacía dar media vuelta y pronunciaba las anheladas palabras: liber esto, "sé libre", y le daba un golpe con una vara.

Al esclavo también podía concedérsela la libertad de otras maneras: por ejemplo, entregándole un carta donde constaba que era libre, o haciendo que el esclavo fuera guardián de los hijos de su amo, o colocando sobre su cabeza el pileus o gorro de la libertad. Pero para que el esclavo quedara completamente libre de todas sus obligaciones con su amo, la libertad que se le concedía tenía que ser decretada por la ley.

En el Imperio Romano era posible que los libertos con el tiempo alcanzaran niveles de influencia y hasta de autoridad cívica; pero cuando morían sin dejar herederos, sus propiedades volvían a sus amos anteriores. Este fue, por ejemplo, el caso de Félix, procurador de Judea.