40.01. Cronología del evangelio de Juan - Cuatro fiestas sucesivas de la pascua

Debido a la importancia del Evangelio de Juan para la preparación de una Armonía de los Evangelios, deben tomarse en cuenta especialmente los siguientes datos proporcionados por este Evangelio:

Juan menciona tres pascuas y una "fiesta de los judíos":

"Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén" (Juan 2: 13).

"Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén" (Juan 5: 1).

"Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos" (Juan 6: 4;

"Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Juan 13: 1)

Aunque esta última ha sido identificada con varias fiestas judías, parece preferible considerarla como la segunda pascua del ministerio de Jesús.

Por lo tanto, Juan registra los acontecimientos de cuatro fiestas sucesivas de la pascua. Jesús fue bautizado varios meses antes de la primera de esas pascuas, y por lo tanto la duración de su ministerio fue aproximadamente de tres años y medio. De acuerdo con la cronología aproximada seguida en este estudio, las cuatro pascuas del ministerio de nuestro Señor fueron las de los años 28, 29, 30 y 31 d. C.

La pascua del año 28 d. C. parece que tuvo lugar durante la primera visita de Jesús a Jerusalén después de su bautismo pues fue en esa fiesta cuando Jesús anunció su misión como el Mesías y comenzó su obra:

"Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él. Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días. Estaba cerca la pascua de los judíos; y subió Jesús a Jerusalén" (Juan 2: 11-13),

Además, los sucesos del cap. 6 que Juan relaciona con la proximidad de la pascua (vers. 4) ocurrieron un año después de los del cap. 5. Jesús no asistió a ninguna de las fiestas nacionales desde la pascua del año 29 hasta la fiesta de los tabernáculos en octubre- noviembre del año 30 (Juan 6: 4; cf. cap. 7: 1-2), y por lo tanto no estuvo presente en la pascua del año 30.

Pasaron unos tres años entre el bautismo y la fiesta de los tabernáculos del año 30, y tres años y medio entre el bautismo y la pascua final. También transcurrieron tres años entre la primera y la última pascua, o sea las de los años 28 y 31.

Para correlacionar el ministerio de Judea, que menciona Juan, con el de Galilea que registran los autores de los sinópticos, es necesario saber con seguridad el tiempo cuando comenzó el ministerio de Jesús en Galilea. Algunos lo sitúan en octubre-noviembre del año 28, y otros en abril-mayo del año 29, después de la pascua. Nosotros situamos tentativamente el comienzo formal del ministerio de nuestro Señor en Galilea en la última parte de la primavera (abril-mayo) del año 29.

El período entre las pascuas de los años 28 y 29 fue dedicado mayormente a Judea; el que estuvo entre las pascuas de los años 29 y 30, casi exclusivamente a Galilea, y el que correspondió entre las pascuas de los años 30 y 31, a las regiones limítrofes de Galilea, a Samaria y a Perea.

40.00. Cronología del Evangelio de Juan - Introducción

La precisión cronológica del Evangelio de Juan suministra la estructura básica para la preparación de una Armonía.

Entre los sinópticos -los primeros tres Evangelios- Marcos es el que sigue un mejor orden cronológico de los acontecimientos, y por esta razón se sigue generalmente el orden de su narración en el caso de los hechos no registrados por Juan. Cuando Mateo difiere de Marcos, puede darse preferencia al orden que sigue Lucas.

Muchos incidentes de menor importancia cuya ubicación cronológica no es segura, fueron colocados provisionalmente dependiendo de la evidencia circunstancial. Es importante recordar que si bien es cierto que la estructura fundamental de los sucesos presentados en la Armonía¹ está bien establecida, el lugar que se da a muchos de esos incidentes pequeños es sólo provisional.

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¹ Presentaremos la Armonía de los Evangelios más adelante.

39.02. Preparación de una Armonía de los Evangelios - II

Los siguientes datos son importantes en la preparación de una Armonía de los Evangelios:

(Pulsa sobre la imagen para aumentarla)

39.01. Preparación de una Armonía de los Evangelios - I

Los siguientes hechos relativos a cada uno de los Evangelios son especialmente dignos de tenerse en cuenta en la preparación de una armonía.

Mateo
El autor del primer Evangelio fue testigo ocular de los sucesos que ocurrieron durante aproximadamente la segunda mitad del ministerio de Jesús. Su relato es en extensión y plenitud sólo menor al de Lucas. De los 179 sucesos que hay en la Armonía de los cuatro Evangelios que presentaremos, Mateo tiene 95, o sea 53 por ciento, y de ésos, 14 son exclusivos de él. Mateo tiende a agrupar los acontecimientos por orden de temas, y por eso su relato con frecuencia se desvía de una línea cronológica exacta. Mateo es, por excelencia, el reportero de los sermones de Jesús y otros discursos, como el Sermón del Monte (cap. 5-7), las instrucciones dadas a los doce (cap. 10), el sermón junto al mar (cap. 13), las enseñanzas del último día en el templo (cap. 21 - 22) y el regreso de nuestro Señor (cap. 24-25). Mateo presenta 21 de las 40 parábolas narradas por los escritores de los Evangelios, y 20 de los 35 milagros.


Marcos
Hasta donde se sepa, Marcos no fue testigo ocular de los sucesos que describe. Se cree generalmente que narra la vida de Cristo tal como la oyó de labios del apóstol Pedro. Marcos relata 79 eventos (44 por ciento) delos 179 que se hallan en la Armonía de los Evangelios, casi tantos como Mateo, pero en menos de dos terceras partes de la extensión de Mateo. Marcos relata 18 de los 35 milagros de Jesús, pero sólo 6 de las 40 parábolas. Es evidente que el propósito de Marcos fue informar lo que hizo Jesús, y no lo que dijo. El Evangelio según Marcos, a falta de un término exacto, podría ser llamado "una breve biografía de nuestro Señor". Sigue un orden cronológico mucho más exacto que Mateo. El parecido entre estos dos Evangelios es muy grande. Marcos también tiene mucho en común con Lucas; peroMateo se parece menos a Lucas que Marcos.


Lucas
Como el autor lo dice específicamente (cap. 1: 1-4), no fue testigo ocular de los acontecimientos que describe. Su Evangelio es más extenso y más completo que cualquiera de los otros. Lucas registra 118 de los 179 sucesos de la Armonía, o sea 66 por ciento. De éstos, 43 son narrados exclusivamente por Lucas. Se refieren principalmente a la infancia y niñez de Jesús (cap. 1-2) y al período de su ministerio en Perea (cap. 9: 51 a 18: 34), al cual Lucas dedica 31 por ciento de su extención. El orden que sigue es más cronológico que el de Mateo, pero no tanto como el de Marcos y, menos aún que Juan. Lucas presenta 26 de las 40 parábolas y 20 de los 35 milagros. Desde un punto de vista histórico, Lucas es más completo que los otros tres Evangelios. Ocupa el primer lugar por su extensión, por ser más completo, por su enfoque, y por el número de milagros y de parábolas que presenta.


Juan
El Evangelio de Juan es casi enteramente diferente, en su alcance y contenido, de los Evangelios sinópticos. Aunque el autor del cuarto Evangelio fue testigo ocular de la vida y ministerio de Jesús desde el principio hasta el fin, menciona sólo 48 de los 179 sucesos que se presentan en la Armonía (27 por ciento), mucho menos que cualquiera de los otros (ver los cap. 20: 30-31; 21:25); pero de esos 48 sucesos 31 son exclusivos de Juan. Si no fuera por el relato de Juan, casi no tendríamos información del primer año del ministerio de Jesús dedicado principalmente a Judea. Y lo que es aún más importante, Juan es el único de los escritores de los Evangelios que parece seguir una secuencia estrictamente cronológica desde el principio hasta el fin, y así proporciona una estructura que hace posible calcular la duración aproximada del ministerio de Jesús.

Teniendo delante de él todo el panorama de la vida de Cristo y de su ministerio, escogió, ante todo, los hechos cruciales y culminantes. Pero en cada caso muestra mayor interés en el significado del acontecimiento que en el acontecimiento mismo, como se ve en cada discurso respectivo. Juan, como Mateo, pero sin duplicación, presenta varios discursos con bastante extensión; sin embargo, los que registra Mateo tratan principalmente del reino de los cielos y del carácter de sus súbditos, en tanto que los de Juan tienen que ver casi exclusivamente con la naturaleza de Jesús como el Hijo de Dios encarnado y con el propósito de su misión terrenal. Juan no es un informador de sermones como Mateo, o un biógrafo como Marcos, o un historiador como Lucas, sino, por sobre todo, un teólogo cuya visión inspirada lo indujo a presentar a Jesús como el Hijo de Dios encarnado.

En la introducción de cada uno de los Evangelios se hallará más información sobre éstos:

MATEO
12.01. Título
12.02. Autor
12.03. Marco histórico
12.04. Tema
12.05. Bosquejo

MARCOS
13.01. Título
13.02. Autor
13.03. Marco histórico
13.04. Tema
13.05. Bosquejo

LUCAS
14.01. Título
14.02. Autor
14.03. Marco histórico
14.04. Tema
14.05. Bosquejo

JUAN
15.01. Título
15.02. Autor
15.03. Marco histórico
15.04. Tema
15.05. Bosquejo

Ver también: "Crítica de las fuentes de los Evangelios sinópticos"; "En busca de una solución para el problema sinóptico" en el blog Criticismo Bíblico).

39.00. Los cuatro evangelios

La Inspiración ha suministrado cuatro relatos, que dependen en cierta medida uno del otro, de la vida y las enseñanzas de nuestro Señor Jesús. Cada uno de los cuatro Evangelios tiene sus propias características distintivas; cada uno destaca algunos aspectos de la vida y las enseñanzas de Jesús; cada uno hace una contribución original al conjunto del relato evangélico. Además, cada relato indudablemente fue escrito teniendo en cuenta un propósito específico que determinó la distribución de su material, distribución que a veces es cronológica y otras, temática. (Ver "Crítica de las fuentes de los Evangelios sinópticos"; "En busca de una solución para el problema sinóptico" en el blog Criticismo Bíblico).

Para captar un cuadro completo del relato evangélico es necesario combinar las cuatro narraciones, convirtiéndolas en una crónica unificada y cronológica. El orden en que se presentan los acontecimientos, y que hace posible combinar exactamente dichos relatos, se llama "Armonía de los Evangelios".

Menos de cincuenta años después de la fecha cuando se sabe que los cuatro Evangelios ya circulaban juntos poco después de 125 d. C., Taciano combinó los cuatro relatos en uno llamado Diatesarón [o Diatessaron] (c. 170 d. C.). Desde la aparición de esta primera "Armonía de los Evangelios" se ha intentado muchas veces poner en orden cronológico los sucesos de la vida de nuestro Señor.

Aunque existe concordancia entre los cuatro relatos evangélicos, y aunque los cuatro tienen mucho en común, hay por lo menos tres problemas cronológicos que demandan solución. Estos problemas se deben en gran medida al hecho de que cada Evangelio registra ciertos sucesos que no se relatan en los otros, y también a que los mismos hechos que se registran en más de un Evangelio no siempre aparecen en el mismo orden.

Estos tres problemas principales son:

(1) Cómo determinar la duración del ministerio de Jesús.

(2) Cómo coordinar su ministerio en Judea -registrado únicamente por Juan- con su ministerio en Galilea según los sinópticos (nombre que generalmente se da a los tres primeros Evangelios: Mateo, Marcos y Lucas).

(3) Cómo correlacionar los sucesos de su ministerio en Perea relatado sólo por Lucas, con otros acontecimientos del mismo período registrados por los escritores de los otros Evangelios.

Debido a las diferencias de opiniones en cuanto a la forma de correlacionar el Evangelio de Juan con los sinópticos, algunas armonías de los Evangelios omiten a Juan.

Las principales armonías griegas son las de Burton y Goodspeed (A Harmony of the Synoptic Gospels in Greek) y la de Albert Huck (Synopsis of the First Three Gospels, reimpresa en 1949). La armonía editada por Kurt Aland y publicada por las Sociedades Bíblicas Unidas es probablemente la mejor. Su original está en griego.

La edición más asequible es Synopsis of the Four Gospels, 6.a edición, totalmente revisada en 1983. La obra New Gospel Parallels, editada por Robert Funk y publicada por Fortress Press en 1985 es excelente. El primer tomo contiene la armonía de los sinópticos; el segundo tomo relaciona a Juan con los sinópticos.

En castellano se ha publicado la obra Una armonía de los cuatro Evangelios que fue escrita originalmente en inglés por A. T. Robertson, y traducida y arreglada por F. W. Patterson y Arturo Parajón D. Las notas del Apéndice, que añaden valor a esta obra, fueron traducidas por el Prof. Ildefonso Villarello. Fue editada por la Casa Bautista de Publicaciones en 1971, y consta de 259 páginas.

Cada uno de los cuatro Evangelios, según lo ya dicho, contribuye en algo particular al relato evangélico, y de ese modo a la armonía de los Evangelios. El debido conocimiento de las características peculiares de los Evangelios no sólo los hace individualmente más inteligibles y significativos, sino que contribuye a una comprensión más plena y al mejor aprecio del relato evangélico en su conjunto.

38.09. APOCALIPSIS - Bosquejo

I. PRÓLOGO, 1: 1-3.


II. LAS CARTAS A LAS SIETE IGLESIAS, 1: 4 a 3: 22.

A. Saludo, 1: 4-8.
B. Introducción: la visión de Cristo, 1: 9-20.
C. A Efeso, 2: 1-7.
D. A Esmirna, 2: 8-11.
E. A Pérgamo, 2: 12-17.
F. A Tiatira, 2: 18-29.
G. A Sardis, 3: 1-6.
H. A Filadelfia, 3: 7-13.
I. A Laodicea, 3: 14-22.


III. EL TRONO DE DIOS Y EL LIBRO DE LOS SIETE SELLOS, 4: 1 a 8: 1.

A. El trono celestial, 4: 1-11.

B. El triunfo del Cordero, 5: 1-14.

C. Los primeros seis sellos, 6: 1-17.

1. El primer sello: el caballo blanco, 6: 1-2.
2. El segundo sello: el caballo bermejo, 6: 3-4.
3. El tercer sello: el caballo negro, 6: 5-6.
4. El cuarto sello: el caballo amarillo (pálido), 6: 7-8.
5. El quinto sello: el clamor de los mártires, 6: 9-11.
6. El sexto sello: el día de la ira de Dios, 6: 12-17.

D. El sellamiento de los 144.000, 7: 1-8.

E. La gran multitud, 7: 9-11.

F. El séptimo sello: finaliza el conflicto, 8: 1.


IV. LOS JUICIOS DE DIOS: LAS SIETE TROMPETAS, 8: 2 a 11: 19.

A. Introducción, 8: 2-6.

B. Las primeras seis trompetas, 8: 7 a 9: 21.

1. La primera trompeta: fuego, granizo y sangre, 8: 7.
2. La segunda trompeta: la montaña que arde, 8: 8-9.
3. La tercera trompeta: la estrella que cae, 8: 10-11.
4. La cuarta trompeta: son heridos el sol, la luna y lasestrellas, 8: 12-13.
5. La quinta trompeta: langosta, 9: 1-12.
6. La sexta trompeta: los ángeles del Eufrates, 9: 13-21.

C. El ángel con el librillo, 10: 1-11.

D. Medición del templo, 11: 1-2.

E. Los dos testigos, 11: 3-14.

F. La séptima trompeta: el triunfo de Dios, 11: 15-19.


V. LA FASE FINAL DEL GRAN CONFLICTO, 12: 1 a 20: 15.

A. Satanás hace guerra contra el pueblo remanente, 12: 1 a 13: 14.

1. Desarrollo del conflicto, 12: 1-16.
2. Satanás declara la guerra, 12: 17.
3. El papel de la bestia semejante a un leopardo, 13: 1-10.
4. El papel de la bestia de dos cuernos, 13: 11-14.

B. Principios en juego en el último conflicto, 13: 15 a 14: 20.

1. El ultimátum de Satanás al pueblo de Dios: la imagen y la marca de la bestia, 13: 15-18
2. El triunfo de los 144.000 sobre la bestia, su imagen y sumarca, 14: 1-5.
3. El ultimátum de Dios a los habitantes de la tierra: los mensajes de los tres ángeles, 14: 6-12.
4. Derrota de los que rechazan la exhortación final de Dios, 14: 13-20.

C. Las siete últimas plagas: castigos divinos sobre los impíos, 15: 1 a 17: 18.
1. Una afirmación de la justicia divina, 15: 1-4.
2. Preparación para la ira de Dios, 15: 5 a 16: 1.
3. Las siete últimas plagas, 16: 2-21.
4. Enjuiciamiento de Babilonia la grande, 17: 1-18.

D. Exterminación del mal, 18: 1 a 20: 15.
1. Afirmación de la misericordia divina: una exhortación final a salir de Babilonia, 18: 1-4.
2. El fin de la oposición religiosa organizada: la desolación de Babilonia, 18: 5-24.
3. La coronación de Cristo como Rey de reyes, 19: 1-10.
4. La segunda venida de Cristo y su triunfo sobre esta tierra, 19: 11-21.
5. El milenio: exterminación del pecado y los pecadores, 20: 1-15.


VI. LA TIERRA NUEVA Y SUS MORADORES, 21: 1 a 22: 5.

A. La nueva Jerusalén, 21: 1-27.

B. El río y el árbol de vida, 22: 1-2.

C. El reino eterno de los santos, 22: 3-5.


VII. EPÍLOGO: ADMONICIÓN E INVITACIÓN, 22: 6-21.

A. Recepción del libro y su mensaje, 22: 6-10.

B. Una exhortación a estar listos para la venida de Cristo, 22: 11-21.

38.08. APOCALIPSIS - Tema - II

El Apocalipsis tiene cuatro divisiones principales o líneas proféticas:

(1) las siete iglesias, cap. 1-3;
(2) los siete sellos, cap. 4 a 8: 1;
(3) las siete trompetas, cap. 8: 2 a 11 y
(4) los sucesos finales del gran conflicto, cap. 12-22.

Si se tiene en cuenta que el lenguaje del libro es a menudo sumamente figurado, es esencial descubrir la intención y el propósito de su autor inspirado y el significado de la obra para los lectores a quienes originalmente se dirigía. De otro modo, la interpretación de sus figuras -y por lo tanto de su mensaje- puede reflejar una simple opinión personal.

Los primeros lectores eran cristianos que hablaban griego, y quienes, ya fueran judíos o gentiles, consideraban los escritos del canon del AT como la Palabra inspirada de Dios y estaban dispuestos a interpretar la nueva revelación en estrecha relación con la antigua. Por lo tanto, las siguientes observaciones y principios serán de utilidad para una correcta interpretación del Apocalipsis.

En el Apocalipsis se encuentran y terminan todos los libros de la Biblia, y es, en un sentido especial, el complemento del libro de Daniel. Mucho de lo que estaba sellado en el libro de Daniel (Daniel 12: 4) es revelado en el libro del Apocalipsis, y los dos deben estudiarse juntos.

El Apocalipsis contiene citas o alusiones de 28 de los 39 libros del AT. De acuerdo con un erudito hay 505 citas y alusiones tales, de las cuales unas 325 son de los libros proféticos: Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Daniel en particular. De los profetas menores son más comunes las referencias a Zacarías, Joel, Amós y Oseas. De los libros del Pentateuco se hace uso especialmente de Éxodo. De las secciones poéticas se emplea Salmos.

Algunos también encuentran ecos de los siguientes libros del NT: Mateo, Lucas, 1 y 2 Corintios, Efesios, Colosenses y 1 Tesalonicenses. Un examen de las citas y alusiones revela que él traducía directamente del AT hebreo, aunque a veces bajo la influencia de la LXX o una versión griega posterior.

Una comprensión clara de estas citas y alusiones en su marco histórico en el AT, es el primer paso para la comprensión de los pasajes donde aparecen en el Apocalipsis. Entonces puede estudiarse el contexto en que las usa Juan para descubrir el significado que él les da. Esto se aplica particularmente a los nombres de personas y lugares, y a cosas, hechos y sucesos. Como muchos de los símbolos del libro del Apocalipsis ya eran conocidos en la literatura apocalíptico judía, esa literatura a veces ayuda a aclarar el significado de esos símbolos.

Los que están familiarizados con la historia romana de ese tiempo también observarán que el lenguaje de Juan describe a menudo el Imperio Romano y las vicisitudes de la iglesia bajo su dominio. Por lo tanto, un estudio de la historia romana de ese período aclara algunos pasajes que de otra manera serían oscuros. Finalmente debe prestarse atención a las formas de pensamiento y expresión de la época a la luz del fondo cultural de ese tiempo.

Al determinar el significado de las escenas sucesivas que pasaron delante de Juan en visión, conviene recordar que el Apocalipsis fue dado para guiar, consolar y fortalecer a la iglesia no sólo de esa época sino a través de la era cristiana hasta el fin del tiempo. En él fue predicha la historia de la iglesia para el beneficio y vital consejo de los creyentes de los tiempos apostólicos, de los cristianos de las edades futuras y de los que viviesen en los últimos días de la historia de la tierra, a fin de que todos pudiesen tener una comprensión inteligente de los peligros y conflictos que les aguardaban.

38.07. APOCALIPSIS - Tema - I

Desde su mismo comienzo (cap. 1: 1) este libro se anuncia como un apocalipsis o revelación, como un descorrer del velo de los misterios del futuro, que culminan con el triunfo de Jesucristo.

Los escritos apocalípticos habían descollado entre la literatura religiosa judía durante más de dos siglos. En verdad, el primer apocalipsis que se conoce -el libro de Daniel-, apareció en el tiempo del cautiverio babilónico en el siglo VI a. C.

Mediante las guerras de los Macabeos, cuando los judíos recobraron su independencia política 400 años más tarde, crecieron las esperanzas mesiánicas que se enfocaban en el anhelado nuevo reino judío, y apareció un conjunto de literatura apocalíptica que seguía en mayor o menor grado la forma literaria y los símbolos de Daniel.

En el siguiente siglo, cuando la conquista romana deshizo las esperanzas de los judíos de que hubiera un reino mesiánico mediante los asmoneos, las expectativas mesiánicas llegaron a ser aún más intensas al anticipar los judíos a un mesías que venciera a los romanos. Durante el siglo 1 a. C. y el siglo 1 d. C., tales esperanzas continuaron siendo un incentivo para que hubiera más obras apocalípticas. Ver Antigua literatura judía en El Texto Bíblico AT.

Por lo tanto, no hay por qué sorprenderse de que en el NT, escrito mayormente -si no del todo- por judíos y para una iglesia que era mayormente judía en su fondo religioso, Dios colocara un libro de carácter apocalíptico que expone el punto de vista cristiano de los sucesos que llevarían hasta el introducimiento del reino mesiánico. En sus mensajes a los hombres por medio de los profetas, Dios expresa su voluntad en lenguaje humano y en formas literarias con las cuales estaba familiarizada la gente a quien se dirigieron originalmente sus mensajes.

Aunque apocalipsis es en verdad profecía, difiere de otras profecías bíblicas (como las de Isaías, Jeremías, Ezequiel y los profetas menores) en varios aspectos importantes, y estos rasgos distintivos son las características de la literatura apocalíptica. Entre esas características distintivas sobresalen las siguientes:

1. El alcance cósmico de lo apocalíptico. Mientras que la mayoría de las profecías se refieren a los problemas nacionales e internacionales que giran entorno de la historia de Israel y el glorioso futuro que pudo haber sido suyo (ver "El Papel de Israel en la Profecía del Antiguo Testamento" en Los Profetas y las Profecías), lo apocalíptico desempeña su papel en el escenario mayor del universo, y tiene como tema central el gran conflicto entre Dios y Cristo contra Satanás y viceversa.

2. La base de lo apocalíptico en visiones y sueños. El escritor apocalíptico registra los sueños y visiones que recibió mientras estaba "en el Espíritu" (cap. 1: 10. A menudo es arrebatado y llevado a lugares distantes donde contempla escenas de majestad y grandeza que sobrepujan toda descripción que pueda hacerse en lenguaje humano, y allí conversa con ángeles. Aunque también se registran estas experiencias repetidas veces en los otros profetas, son particularmente características de los escritores apocalípticos; en realidad, forman virtualmente todo el contenido de las secciones apocalípticas de Daniel y del Apocalipsis.

3. El uso de alegorías en lo apocalíptico. En términos generales, en la profecía los símbolos son lecciones objetivas concretas de la vida diaria; por ejemplo, el alfarero y la arcilla (Jeremías 18: 1-10), el yugo (Jeremías 27: 2) y el adobe (Ezequiel 4: 1-2). Por otra parte, en la profecía apocalíptica los símbolos empleados son casi siempre seres que nunca se ven en la vida real, como bestias policéfalas, ángeles que vuelan en el cielo y animales que hablan y obran con inteligencia. Los lapsos proféticos, aunque raros en las profecías comunes, se dan generalmente allí en años literales (Jeremías 29: 10), mientras que en Daniel y el Apocalipsis aparecen lapsos proféticos repetidas veces y generalmente deben entenderse de acuerdo con el principio de día por año.

4. La forma literaria de lo apocalíptico. Muchas de las profecías están en forma poética, mientras que la profecía apocalíptica (incluyendo la no canónica) está casi enteramente en prosa, excepto una inserción ocasional de poesía, particularmente de himnos (Apoc. 4: 11; 5: 9-10; 11: 17-18; 15: 3-4;18:2-24; 19: 1-2, 6-8).

Estas consideraciones destacan la regla de que para ser debidamente interpretada la literatura apocalíptica, debe ser entendida en términos de su estructura literaria característica y de su énfasis teológico. El centro de su mensaje es el tema del gran conflicto, que enfoca especialmente el fin catastrófico de este mundo y el establecimiento de otro nuevo. Todo esto se presenta en lenguaje eminentemente simbólico, que no siempre permite una exacta interpretación.

Al hablar de las cosas sobrenaturales, el lenguaje literal es a veces completamente inadecuado para presentar las más primorosas realidades del cielo. El lenguaje figurado apocalíptico es en algunos aspectos semejante al de las parábolas, y deben tomarse las mismas precauciones al interpretar ambos.

El Apocalipsis es una "revelación de Jesucristo" en acción para perfeccionar un pueblo en la tierra a fin de que pueda reflejar su carácter inmaculado, y para guiar a su iglesia a través de las vicisitudes de la historia hacia la realización del propósito eterno de Dios. Aquí, en una forma más completa que en cualquiera otra parte de las Sagradas Escrituras, el velo que oculta lo invisible de lo visible se descorre para revelar detrás, encima y entre la trama y urdimbre de los intereses, las pasiones y el poder de los hombres, los agentes del Ser misericordioso, que ejecutan silenciosa y pacientemente los consejos de la voluntad de Dios.

38.06. APOCALIPSIS - Marco histórico

Los eruditos modernos están divididos en cuanto a si el momento cuando se escribió el Apocalipsis debe fijarse en una fecha relativamente temprana, durante los reinados de Nerón (54-68 d. C.) o de Vespasiano (69-79 d. C., o en una fecha posterior, hacia el fin del reinado de Domiciano (81-96 d. C.).

Los eruditos que prefieren una fecha más antigua para el Apocalipsis, generalmente identifican la persecución citada en las cartas a las siete iglesias con la que sufrieron los cristianos en el reinado de Nerón (64 d. C.), o posiblemente más tarde en el tiempo de Vespasiano, aunque no es claro hasta qué punto este último emperador persiguió a la iglesia. Creen que el mundo convulsionado descrito en el Apocalipsis refleja las dificultades que perturbaron la ciudad de Roma desde los últimos años de Nerón hasta los primeros años de Vespasiano. Ven en la bestia que sufre una herida mortal y es curada (cap. 13: 3), y en la bestia que "era y no es; y está para subir del abismo" (cap. 17: 8), una representación de Nerón, de quien decía una leyenda popular que apareció después de su muerte, que reaparecería algún día. También creen que el número simbólico 666 (cap. 13: 18) representa a Nerón César, escrito en consonantes hebreas (NRWN QSR). Estas evidencias han inducido a cierto número de destacados eruditos a ubicar la redacción del Apocalipsis a fines de las décadas de los años 60 ó 70 del siglo I.

Este razonamiento, aunque indudablemente basado en hechos históricos, depende, para ser admitido, de la interpretación que se dé a ciertas declaraciones del Apocalipsis. Pero una interpretación tal es, por supuesto, subjetiva, y no ha sido aceptada por muchos verdaderos eruditos del pasado.

El testimonio de los primeros escritores cristianos es casi unánime en el sentido de que el libro de Apocalipsis fue escrito durante el reinado de Domiciano.

Ireneo, que afirma que tuvo relación personal con Juan por medio de Policarpo, declara del Apocalipsis: "Porque eso no fue visto hace mucho tiempo, sino casi en nuestros días, hacia fines del reinado de Domiciano" (Contra herejías v. 30).

Victorino (m. c. 303 d. C.) dice: "Cuando Juan dijo estascosas estaba en la isla de Patmos, condenado a trabajar en las minas por elcésar Domiciano. Por lo tanto, allí vio el Apocalipsis" (Comentario sobre el Apocalipsis, cap. 10: 11).

Eusebio (Historia eclesiástica III, 20, 8-9) registra que Juan fue enviado a Patmos por Domiciano, y que cuando los que habían sido desterrados injustamente por Domiciano fueron liberados por Nerva, su sucesor (96-98 d. C.), el apóstol volvió a Efeso.

Un testimonio cristiano tan antiguo nos ha inducido a fijar el momento cuando se escribió el Apocalipsis, al final del reinado de Domiciano, o sea antes de 96 d. C.

Por lo tanto, es interesante mencionar brevemente algo de las condiciones que existían en el imperio, particularmente las que afectaban a los cristianos durante el tiempo de Domiciano. Durante su reinado la cuestión de la adoración del emperador llegó a ser por primera vez crucial para los cristianos, especialmente en la provincia romana de Asia, región a la cual se dirigieron en primer lugar las cartas a las siete iglesias.

La adoración del emperador era común en algunos lugares al este del mar Mediterráneo aun antes de Alejandro Magno. Este fue deificado y también sus sucesores. Cuando los romanos conquistaron el Oriente, sus generales y procónsules eran aclamados a menudo como deidades. Esta costumbre fue mucho más fuerte en la provincia de Asia, donde siempre habían sido populares los romanos. Era común edificar templos para la diosa Roma, personificación del espíritu del imperio, y con su adoración se relacionaba la de los emperadores. En el año 195 a. C. se le erigió un templo en Esmirna; y en el 29 a. C. Augusto concedió permiso para la edificación de un templo en Efeso para la adoración conjunta de Roma y de Julio César, y de otro en Pérgamo, para la adoración de Roma y de sí mismo. Augusto no promovía su propia adoración, pero en vista de los deseos expresados por el pueblo de Pérgamo, sin duda consideró tal adoración como una conveniente medida política. En ese culto la adoración de Roma poco a poco llegó a ser menos importante, y sobresalió la del emperador. La adoración de éste en ninguna manera reemplazaba la de los dioses locales, sino que era añadida y servía como un medio para unificar el imperio. Los rituales del culto del emperador no siempre se distinguían fácilmente de las ceremonias patrióticas. En Roma se instaba a no adorar a un emperador mientras aún vivía, aunque el senado deificó oficialmente a ciertos emperadores ya muertos.

Gayo Calígula (37-41 d. C.) fue el primer emperador que promovió su propia adoración. Persiguió a los judíos porque se oponían a adorarlo, y sin duda también hubiera dirigido su ira contra los cristianos si hubieran sido lo bastante numerosos en sus días como para que le llamaran la atención. Sus sucesores fueron más condescendientes, y no persiguieron a los que no los adoraban.

El próximo emperador que dio importancia a su propia adoración fue Domiciano (81-96 d. C.). El cristianismo no había sido aún reconocido legalmente por el gobierno romano, pero aun una religión ilegal difícilmente fuera perseguida a menos que se opusiera a la ley; y esto fue precisamente lo que hizo el cristianismo. Domiciano procuró con todo empeño que su pretendida deificación se arraigara en la mente del populacho, e impuso su adoración a sus súbditos. El historiador Suetonio registra que publicó una carta circular en nombre de sus procuradores, que comenzaba con estas palabras: " 'Nuestro Señor y nuestro Dios ordena que esto sea hecho' " (Domiciano xiii. 2).

Un pasaje no muy claro del historiador romano Dio (Historia romana LXVII. 14. 1-3) parece explicar esta persecución:

"Y en el mismo año [95 d. C.] Domiciano mató junto con muchos otros a Flavio Clemente el cónsul, aunque era su primo y tenía como esposa a Flavia Domitila, que era también pariente del emperador. Ambos fueron acusados de ateísmo, acusación por la cual fueron condenados muchos otros que habían adoptado costumbres judías. Algunos de ellos fueron muertos, y el resto por lo menos fue despojado de sus propiedades. Domitila sólo fue desterrada a Pandataria".

Aunque a primera vista este pasaje parece registrar una persecución contra los judíos (y de acuerdo con el historiador judío H. Graetz, el primo de Domiciano era prosélito judío [History of the Jews, t. 2, pp. 387-389] ), los eruditos han sugerido que en realidad Flavio Clemente y su esposa fueron castigados por ser cristianos. Desde el punto de vista de un historiador pagano que no conocía íntimamente el cristianismo, "costumbres judías" sería una descripción lógica del cristianismo, y el "ateísmo" bien podría representar la negativa de los cristianos de adorar al emperador. Eusebio (Historia eclesiástica iii. 18.4, p. 123) sin duda confunde la relación entre Domitila y Clemente, y dice que Domiciano desterró a una sobrina de Clemente, llamada Flavia Domitila, porque era cristiana. Probablemente las dos referencias son a la misma persona, y sugieren que la persecución llegó hasta la familia imperial.

Esa persecución, por negarse a adorar ante el altar del emperador, sin duda constituye la razón inmediata del destierro de Juan a Patmos, y por lo tanto de la redacción del libro del Apocalipsis. Sin duda habían muerto todos los apóstoles, excepto Juan, y éste se hallaba desterrado en la isla de Patmos. El cristianismo ya había entrado en su segunda generación. La mayoría de los que habían conocido al Señor habían muerto. La iglesia se veía frente a la más fiera amenaza externa que había conocido, y necesitaba una nueva revelación de Jesucristo. Por lo tanto, las visiones dadas a Juan llenaban una necesidad específica en ese tiempo; y mediante ellas el cielo fue abierto para la iglesia que sufría, y los cristianos que se negaban a inclinarse ante la pompa y el esplendor del emperador, recibieron la seguridad de que su Señor, ya ascendido y ante el trono de Dios, superaba infinitamente en majestad y poder a cualquier monarca terrenal que pudiese exigir su adoración.

38.05. APOCALIPSIS - Autor - IV

Las diferencias lingüísticas entre el Evangelio y el Apocalipsis sonsignificativas. Aunque las diferencias de tema y estilo -que evidentemente existen entre los dos libros- pueden explicar en cierta medida la disparidad de los vocabularios, por lo general un mismo escritor no varía tanto en su uso de ciertas palabras. Sin tener en cuenta el tema tratado o la forma literaria, por lo general el mismo autor usa u omite palabras semejantes en una forma inconsciente. Cuando dos libros difieren tanto como el Evangelio de Juan y el Apocalipsis en el uso de estas palabras, podría parecer difícil al principio creer que son del mismo autor.

Pero este hecho no significa necesariamente de por sí que Juan no sea el autor de ambas obras. Las circunstancias en las cuales parecen haber sido escritos los dos libros pueden explicar razonablemente dichas diferencias. Juan declara en el Apocalipsis que recibió sus visiones mientras "estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo" (cap. 1: 9). En el exilio, Juan sin duda se vio obligado a valerse de su propia capacidad lingüística para la redacción del Apocalipsis, y por esto no debe sorprenderse que el lenguaje de este libro no sea siempre puro, en donde a veces se translucen semitismos a través del griego, y que el autor no estuviese siempre muy seguro de su gramática. Esta situación es muy normal considerando las circunstancias en las cuales Juan escribió el Apocalipsis. Además, las visiones eran evidentemente registradas a medida que las escenas pasaban vívidamente frente a los ojos del profeta (cap. 10: 4). Puede ser que Juan no hiciera a propósito una revisión para que no se debilitara la vivacidad de la acción.

Por otra parte, la tradición cristiana más antigua indica que el Evangelio fue escrito en condiciones completamente diferentes. En el Fragmento de Muratori, escrito en Roma probablemente alrededor de 170 d. C. -sólo pocas décadas después de que hubiera estado allí Policarpo, el discípulo de Juan- se afirma:

"El cuarto de los Evangelios es de Juan, uno de los discípulos. Cuando fue animado [a escribir] por los otros discípulos y obispos, les dijo: 'Ayunad conmigo los próximos tres días, y todo lo que se nos revele a cada uno de nosotros nos lo relataremos mutuamente'. Aquella noche le fue revelado a Andrés, uno de los apóstoles, que aunque todos debían revisarlo, Juan debía narrarlo todo en su propio nombre" (Texto latino en S. R Tregellos, ed., Canon Muratorianus, pp. 17-18).

Aunque es obvio que este relato tiene características fantásticas, como la presencia de Andrés y otros apóstoles con Juan cuando escribió el Evangelio, puede tener algo de verdad, cuando sugiere que Juan pudo haber recibido ayuda en la composición del Evangelio. En apoyo de esta hipótesis también está una declaración atribuida a Papías, que se conserva en un manuscrito del siglo X:

"Por lo tanto, es claro que este Evangelio fue escrito después del Apocalipsis, y fue entregado a las iglesias del Asia por Juan, estando aún en el cuerpo [vivo] como obispo de Hierápolis. Papías de nombre, un amado discípulo de Juan, que escribió este Evangelio que le fue dictado por Juan, lo refiere en su Exoterica, es decir, en los últimos cinco libros" (Texto latino en Wordsworth y White, Novum Testamentum... Latine, t. 1, pp. 490-491).

Aunque no puede asegurarse que los detalles de este relato sean exactos, estas dos declaraciones sugieren con cierta intensidad que en el siglo II se había extendido la idea de que Juan había redactado el Evangelio con la ayuda de otros. Apoyada por esta antigua tradición, la declaración al final del Evangelio: "Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero" (cap. 21: 24),parecería ser la certificación de los ayudantes de Juan para dar veracidad a su relato. Si esta manera de interpretar las pruebas es correcta, no es difícil explicar las diferencias lingüísticas y literarias que existen entre el Apocalipsis, escrito probablemente cuando Juan estaba solo en Patmos, y el Evangelio, escrito con la ayuda de uno o más de los creyentes en Efeso.

A las evidencias presentadas puede añadirse el hecho de que hay ciertos paralelos literarios notables entre el Apocalipsis y el Evangelio de Juan, que sugieren una misma paternidad literaria:

El Apocalipsis habla del "agua de la vida" (cap. 21: 6; 22: 17); y el Evangelio, de "agua viva" (cap. 4: 10; 7: 38). El Apocalipsis invita: "El que tiene sed, venga" (cap. 22: 17), y el Evangelio declara: "Si alguno tiene sed, venga" (cap. 7: 37).

Salvo en los lugares donde se hace referencia directa a los símbolos del AT, se nombra a Cristo como el Cordero únicamente en el Evangelio de Juan y en el Apocalipsis.

Por lo tanto, aunque pueden presentarse argumentos en contra de que Juan sea el autor del Apocalipsis, debe reconocerse que las pruebas a favor del punto de vista tradicional de que el autor del Apocalipsis fue el apóstol, son razonables y sólidas.

38.04. APOCALIPSIS - Autor - III

El esfuerzo de Eusebio por encontrar dos Juanes en la declaración de Papías se hace más comprensible por el hecho de que sus conclusiones fueron influidas por la obra de Dionisio, obispo de Alejandría (m. en 265 d. C.; ver Eusebio, Historia Eclesiástica VII. 24, 25).

Dionisio reaccionó contra algunos cristianos que destacaban la idea de un milenario literal, y escribió una obra titulada "Tratado Acerca de las Promesas", en la cual procuraba mostrar mediante eruditos argumentos que el Apocalipsis no fue escrito por el apóstol Juan sino por otro escritor con el mismo nombre. Dionisio es el primer padre de la iglesia que duda del origen apostólico del Apocalipsis, y sus argumentos han quedado como clásicos para los especialistas que comparten su punto de vista.

Dionisio fundamenta sus críticas mayormente en el hecho de que hay evidentes diferencias entre el lenguaje del Evangelio y el del Apocalipsis. Los vocabularios de ambos muestran marcadas diferencias; una cantidad de palabras que aparecen con mucha frecuencia en uno, son raras en el otro.

Dionisio también señaló que el griego del Evangelio de Juan es correcto y puro, mientras que el del Apocalipsis contiene una cantidad de pasajes extrañamente construidos, sin tener en cuenta las reglas de gramática y sintaxis. En vista de estas marcadas diferencias entre el Evangelio y el Apocalipsis, Dionisio concluyó que no habían sido escritos por el mismo autor. Estas críticas parecen haber tenido una amplia influencia en la opinión de la iglesia oriental en cuanto al origen apostólico del Apocalipsis y, por lo tanto, a su canonicidad.

Eusebio no sólo registró los detalles de los argumentos de Dionisio, sino que procuró darles una base más firme mediante el pasaje ya citado de Papías. Y en cuanto a la canonicidad del Apocalipsis, informó:

"Entre los escritos de Juan, además del Evangelio, es admitida sin controversia alguna su primera epístola, tanto por los más recientes cuanto por todos los antiguos; las dos epístolas restantes son puestas en duda. Acerca de la Revelación (el Apocalipsis) se disputa en pro y en contra con variedad de opiniones" (Historia Eclesiástica, III. 24. 17, 18).

Aunque la evidencia aducida por Dionisio, que indica la existencia de dos Juanes, tiene consistencia, deben considerarse otros hechos antes de emitir un juicio. La opinión de Dionisio y Eusebio se funda principalmente en dos puntos: la cita ambigua de Papías y los argumentos de Dionisio acerca de diferencias lingüísticas entre el Evangelio y el Apocalipsis.

Aunque no puede probarse que Papías no se refirió a dos hombres diferentes llamados Juan, si lo hizo, su testimonio -en cuanto pueda usarse como prueba del origen no apostólico del Apocalipsis- es refutado por media docena de otros padres de la iglesia. En este sentido son particularmente importantes las declaraciones de Ireneo, quien se relacionó personal y directamente con Policarpo, contemporáneo de Juan y de Papías. Ireneo parece haber conocido a un solo Juan, el apóstol, y afirma claramente que fue éste quien escribió el Apocalipsis. En vista de esto parece razonable concluir que no debe presentarse con tanta insistencia la ambigua declaración de Papías como prueba de la existencia de dos hombres llamados Juan.

38.03. APOCALIPSIS - Autor - II

La tradición cristiana primitiva reconoce a Juan el hijo de Zebedeo y hermano de Jacobo casi unánimemente como el autor del Apocalipsis. En realidad, todos los escritores cristianos hasta mediados del siglo III, en cuyas obras existentes hoy se mencione este tema, atribuyen el Apocalipsis a Juan el apóstol.

Estos escritores son Justino Mártir, en Roma (c. 100-c. 165 d. C., Diálogo con Trifón 81); Ireneo de Lyon (c. 130-c. 202 d. C., Contra herejías iv. 20. 11); Tertuliano, en Cartago (c. 160-c. 240 c. d. C., Sobre prescripciones contra los herejes 36); Hipólito, de Roma (m.c. 235 d. C., Tratado sobre Cristo y el anticristo xxxvi), y Clemente de Alejandría (m. c. 220 d. C., ¿Quién es el rico que se salvará? xiii).

Estos testimonios demuestran que en los comienzos de la iglesia eran muchos e influyentes los que creían que el autor del Apocalipsis fue el apóstol Juan. Además, varias antiguas tradiciones cristianas relacionan los últimos años de Juan con la ciudad de Efeso. Así lo hace Ireneo (Op. cit. iii. 3, 4), quien declara que en su juventud había visto al anciano Policarpo, de Esmirna, el que "conversó con muchos que habían visto a Cristo", entre ellos con Juan, que había residido en Efeso hasta los días de Trajano (98-117 d. C.).

Polícrates (130-c. 200 d. C.), obispo de Efeso, octavo en su familia que fue obispo cristiano, testifica que Juan "el que se reclinó en el seno de Jesús... descansa en Efeso" (Epístola a Víctor y la Iglesia Romana acerca del día de observar la pascua). Estas declaraciones coinciden con el hecho de que Juan se dirige a Efeso y a las otras iglesias de Asia (Apocalipsis 1: 4, 11).

El único testimonio de este período que parece no concordar con la opinión de que el autor del Apocalipsis fue el apóstol Juan, proviene de Papías, padre de la iglesia (m. c. 163 d. C.).

Las obras de Papías se perdieron; lo único que existe de ellas está en forma muy fragmentaria en citas conservadas por escritores posteriores. Dos de ellas se refieren a la muerte de Juan. En una, de un manuscrito del siglo VII u VIII d. C., que parece ser un resumen de la Crónica de Felipe de Side (siglo V), se declara: "Papías dice en su segundo libro que Juan el Teólogo y Jacobo su hermano fueron muertos por los judíos".

Y en un manuscrito de la Crónica de Georgius Hamartolus (c. 860 d. C.) se lee en forma similar: "Porque Papías, obispo de Hierápolis, siendo testigo ocular de esto, en el segundo libro de los dichos del Señor, dice que él [Juan ] fue muerto por los judíos, cumpliendo claramente, con su hermano, la predicción de Cristo relativa a ellos".

Estas citas parecen indicar a primera vista que un funcionario cristiano que vivió a fines del primer siglo y comienzos del segundo, en las proximidades de Efeso, testificó que el apóstol Juan, así como su hermano, fue muerto por los judíos antes de que pudiera haber escrito el Apocalipsis en el tiempo de Nerón o de Domiciano, que son los períodos en los cuales los eruditos generalmente lo colocan. Sin embargo, un examen más minucioso hace surgir varios interrogantes respecto a estas citas.

El hecho de que el pasaje del primer manuscrito se refiera a Juan como "el teólogo", indica que la cita sufrió modificaciones hechas por un escriba medieval, porque este título no se aplica a Juan en ningún manuscrito bíblico existente anterior al siglo VIII, y es virtualmente imposible que Papías lo pudiese haber usado. La segunda cita, de Georgius Hamartolus, sólo se halla en uno de los manuscritos de dicho autor.

Los otros únicamente dicen que Juan murió en paz; pero es evidente que no citan en nada a Papías. Por lo tanto, es muy difícil saber exactamente qué fue lo que dijo Papías acerca de la muerte de Juan. Si en verdad escribió que Juan, como Santiago, fue muerto por los judíos, esto no implica que sus muertes ocurrieron al mismo tiempo o muy cerca la una de la otra. En el Apocalipsis inclusive se afirma que, en el tiempo en que fue escrito, los judíos aún seguían causando dificultades a los cristianos, y si Juan finalmente murió como mártir bien pudo haber sido como resultado de las intrigas de los judíos.

Una tercera cita de Papías la registra el historiador eclesiástico Eusebio (m. en 340 d. C.):

"No pesará escribir con nuestras interpretaciones las cosas que en otro tiempo aprendí y encomendé a la memoria, para que se afirme la verdad de las mismas con nuestra aserción... Porque si entretanto me salía al encuentro alguno que había tratado con los ancianos, le preguntaba curiosamente cuáles fuesen los dichos de los ancianos; qué acostumbraban a decir [Gr. eipen, 'dijo'] Andrés, Pedro, Felipe, Tomás, Santiago, Juan, Mateo, y qué los demás discípulos del Señor; qué predicaron [Gr. legousin, 'dicen'] Aristión y el presbítero Juan, discípulo del Señor. Pues yo estimaba que no podría sacar tanta utilidad de las lecturas de los libros cuanto de la viva voz de los hombres todavía sobrevivientes" (Historia eclesiástica iii. 39. 3-4).

Este pasaje ha dado lugar a muchas conjeturas. Eusebio lo interpretó como que hubieran existido dos hombres llamados Juan que vivieron en Asia a fines del siglo I d. C.: el apóstol y otro hombre que era presbítero o anciano. La opinión de Eusebio era que este último era el que había conocido Papías personalmente, y que fue el que escribió el Apocalipsis, mientras que el apóstol había sido el autor del Evangelio.

Sin embargo, es posible interpretar de otra manera las palabras de Papías. Zahn, erudito alemán del Nuevo Testamento, hace notar (Introduction to the New Testament, 2.a ed., t. 2, pp. 451-453) que en la declaración de Papías no hay una verdadera distinción entre presbíteros y apóstoles. Papías dice que "preguntaba" acerca de "los dichos de los ancianos", e inmediatamente sigue con una lista de los apóstoles; luego cuando menciona al "presbítero Juan" lo identifica enseguida como uno de los "discípulos del Señor".

La única distinción entre los dos grupos que menciona radica en la diferencia del tiempo del verbo, pretérito en el primero [eipen] y presente en el segundo [legousin], lo que sugiere que los del primer grupo mencionado eran discípulos de Jesús que habían vivido o dado su testimonio antes del tiempo de Papías, mientras que los del segundo grupo aún vivían, y Papías podía obtener de ellos información. Si se acepta el testimonio de Ireneo, el apóstol Juan estaría incluido en ambos grupos, y por eso sería concebible que fuera mencionado dos veces.

38.02. APOCALIPSIS - Autor - I

El autor de Apocalipsis se identifica repetidas veces como "Juan" (cap. 1: 1, 4, 9; 21: 2; 22: 8).

Ιωαννης [Iôannês], la forma griega de este nombre, representa al nombre común hebreo Yojanan o Yehojanan ("Jehová es favorable"), que aparece numerosas veces en los últimos libros del AT, en los libros apócrifos y en Josefo. Esto identifica al autor como judío.

Varias evidencias indican claramente que Juan era el nombre del autor, y no un seudónimo como aparecía en muchas obras apocalípticas judías y de los primeros cristianos. La primera es que el autor del Apocalipsis se identifica como Juan sin intentar darse a conocer como uno que ocupaba algún cargo en la iglesia.

Varios apocalipsis judíos y cristianos son atribuidos a patriarcas y profetas hebreos y a apóstoles cristianos. Si así sucediera con el Apocalipsis, es de esperar que su autor procurara identificarse específicamente como apóstol. Pero la sencilla declaración de que su nombre es Juan "vuestro hermano" (Apocalipsis 1:9; cf. la referencia de Pedro a Pablo, 2 Pedro 3: 15), testifica que el que escribe da su nombre verdadero. Es evidente que el autor era tan conocido en las iglesias, que su nombre bastaba para identificarlo y dar validez al relato de sus visiones.

Más aún: parece que la práctica de usar seudónimos no era común cuando el ejercicio del don de profecía era vigoroso. Durante el período intertestamentario -cuando hasta donde sepamos no había profeta reconocido entre los judíos- los escritores religiosos a menudo creyeron que era necesario valerse del nombre de algún personaje antiguo de gran reputación para asegurar la aceptación general de su obra.

Indudablemente en dicho período no había ningún profeta verdadero que hablase en nombre de Dios, como lo habían hecho los profetas del AT; pero con la aparición del cristianismo floreció nuevamente el don de profecía.

En la iglesia cristiana del primer siglo no existió la supuesta necesidad de usar seudónimos. Los cristianos estaban convencidos de que sus apóstoles y profetas hablaban directamente como instrumentos de Dios. Pero cuando el profetismo cayó en descrédito entre los cristianos y finalmente desapareció en el siglo II, comenzaron a aparecer obras seudoepigráficas que llevaban los nombres de diversos apóstoles.

Según los hechos mencionados es razonable concluir que el Apocalipsis,que aparece en el siglo I d.C., no es un libro seudoepigráfico, sino la obra de un hombre cuyo verdadero nombre fue Juan.

¿Quién era este Juan? En el NT hay varios personajes con este nombre: Juan el Bautista, Juan el hijo de Zebedeo (uno de los doce), Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, y un pariente del sumo sacerdote Anás.

Es evidente que el escritor del Apocalipsis no podría ser Juan el Bautista, pues éste murió antes de la crucifixión de Jesús.

Tampoco es razonable suponer que fuese el pariente de Anás, de quien no hay indicación de que llegó a ser cristiano.

También es poco probable que Juan Marcos fuese el autor del Apocalipsis, pues el estilo, el vocabulario y el enfoque del segundo Evangelio son completamente diferentes a los del Apocalipsis; además, no se sabe de nadie en la iglesia primitiva que haya atribuido el Apocalipsis a Marcos.

Con este proceso de eliminación sólo queda Juan el hijo de Zebedeo y hermano de Jacobo. Este Juan no sólo fue uno de los doce sino también miembro del círculo íntimo de Jesús.

38.01. APOCALIPSIS - Título

Los más antiguos manuscritos griegos en existencia y los escritos de varios padres de la iglesia, comenzando con Ireneo (c. 130 d. C.-c. 202), dan a este libro el sencillo título de ΑΠΟΚΑΛΥΨΙΣ ΙΩΑΝΝΟΥ [APOKALUPSIS IÔANNOU] (Apocalipsis de Juan).

Más tarde, en algunos manuscritos medievales, se amplió el título a "Apocalipsis de Juan el Teólogo y Evangelista" y "Apocalipsis de San Juan el Teólogo".

La palabra griega αποκαλυψις [apokalupsis], "apocalipsis", "revelación", se refiere a quitar un velo o descubrir algo, y particularmente en lenguaje religioso, a descorrer el velo del futuro.

37.05. JUDAS - Bosquejo

I. Saludo, 1-2.

II. Motivo de la carta, 3-4.

III. Advertencias históricas contra la apostasía, 5-7.
A. Los israelitas, 5.
B. Los ángeles, 6.
C. Sodoma y Gomorra, 7.

IV. La actitud desafiante de los pecadores, 8-11.

V. La esterilidad del pecado, 12-13.

VI. La seguridad de la condenación de los impíos, 14-16.
A. Profetizada desde antiguo, 14-15.
B. Su destrucción es justa, 16.

VII. La crisis predicha, 17-19.

VIII. Conclusión, 20-25.
A. Exhortación, 20-23.
1. Aplicación personal para los creyentes, 20-21.
2. Responsabilidad para con otros, 22-23.
B. Doxología, 24-25.

37.04. JUDAS - Tema

"Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos" (Judas 3).

Según el vers. 3 parece que el autor tuvo el propósito de escribir una verdadera epístola pastoral para confirmar a los creyentes en su fe cristiana; pero las noticias de los estragos que estaban causando los maestros libertinos lo indujeron, bajo la conducción del Espíritu Santo, a cambiar su plan original y a instar a sus lectores para que defendieran decididamente la fe.

Y para animarlos en esa obra, desenmascara a los engañadores, muestra la relación que tenían con anteriores rebeldes contra la autoridad divina, y exhorta a su grey para que se aparte de esos engañadores y se dedique a prepararse para encontrarse con su Señor en gloria.

Para entender el contenido de la epístola se necesitan frecuentes referencias y comparaciones con 2 de Pedro.

37.03. JUDAS - Marco histórico

En la epístola no hay ninguna afirmación directa en cuanto a las circunstancias que determinaron su redacción, ni ningún indicio sobre la congregación a la cual fue dirigida; pero por su contenido pueden deducirse ciertas informaciones.

Es evidente que en la iglesia habían entrado subrepticiamente elementos perturbadores (vers. 4, 8, etc.) que habían apartado a muchos de la pureza del Evangelio. En Colosenses, las epístolas pastorales y el Apocalipsis hay alusiones que indican que las herejías gnósticas habían comenzado a penetrar en las iglesias del Asia Menor; por eso es posible que la carta de Judas fuera dirigida a esas iglesias.

Surge una pregunta interesante debido al hecho de que una gran parte del material de Judas también se encuentra en 2 Pedro (cf. Jud. 4-18 con 2 Ped. 2: 1 a 3:3). En muchos casos se usan las mismas palabras y son frecuentes los mismos pensamientos expresados con algunas palabras de carácter insólito.

¿Tomó Judas algo de 2 Pedro, o Pedro de Judas, o tomaron ambos de una fuente común ahora desconocida?

Esta pregunta no puede ser contestada con certeza. La mayoría de los eruditos bíblicos piensan que Judas es anterior a 2 Pedro, pues es difícil explicar por qué Judas iba a escribir una carta si era muy poco lo que tenía que agregar a lo ya escrito en 2 Pedro. Dichos eruditos afirman que es fácil explicar cómo Pedro pudo haber usado pensamientos expresados en la breve epístola de Judas, añadiendo después algo más.

Los estudios literarios demuestran que la más corta de dos obras similares por lo general se escribió primero. A pesar de todo una minoría de eruditos sostiene que 2 Pedro se escribió antes que Judas, y entre las razones que presentan están las siguientes:

(1) 2 Pedro 2: 1 habla de la futura aparición de maestros falsos, entre tanto que Judas da la impresión de que esos maestros ya estaban en acción (Judas 4).

(2) Judas advierte en cuanto a la venida de escépticos como algo pasado (vers. 17-18), mientras que Pedro presenta su advertencia como algo referente al futuro (2 Pedro 3: 3).

Ambas líneas de argumentos no son suficientemente decisivas para determinar cuál de las dos epístolas (Judas o 2 Pedro) se escribió primero . Por esta razón, es imposible fijar una fecha para la carta de Judas . Si se escribió antes de 2 Pedro, tuvo que ser redactada antes del año 67 d. C., el probable año de la muerte de Pedro; si la epístola de Judas fue escrita después, fue entre los años 70 y 85 d. C.

37.02. JUDAS - Autor

El autor se llama a sí mismo "Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo" (vers. 1). No hay, pues, razón para dudar de la identificación, aunque las palabras pueden interpretarse en más de una forma.

En el NT se mencionan varios Judas:

Judas Iscariote
"Judas Iscariote, el que le entregó" (Marcos 3: 19),

Judas "no el Iscariote"
"Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?" (Juan 14: 22),

Judas el galileo
"Después de éste, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados" (Hechos 5: 37),

Judas de Damasco
"Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora" (Hechos 9: 11),

Judas, con el sobrenombre de Barsabás
"Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos" (Hechos 15: 22).

Judas el hermano de Jesús, al igual que Jacobo, José y Simón
"¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él" (Marcos 6: 3).

Generalmente se concuerda en que Jacobo, el hermano del Señor, es el Jacobo que presidió el concilio de Jerusalén (Hechos 12:17; 15:13) y que posiblemente más tarde escribió la Epístola de Santiago.

Por lo tanto, el autor de la epístola de Judas bien pudo haber sido el hermano de este Jacobo y, por lo mismo, hermano del Señor Jesús. Esta relación tendería a hacerlo prominente en la iglesia y le daría el grado de autoridad que se refleja en su epístola. El hecho de que no manifiesta explícitamente su relación familiar con el Señor, sino que se llama a sí mismo "siervo de Jesucristo" (Judas 1), podría explicarse como un acto de delicada discreción que demuestra que no aprovechaba para beneficio propio su relación con Jesús.

37.01. JUDAS - Título

En los manuscritos griegos más antiguos el título de esta epístola es sencillamente ΙΟΥΔΑ [IOUDA] ("Judas").

Las palabras "La epístola universal" se refieren a que esta carta no fue dirigida a una persona específica, o a determinada iglesia o grupo de iglesias, sino "a los llamados [es decir, a todos], santificados". Por esta misma razón a veces es llamada "epístola católica", pues católico significa universal.

36.05. 3 JUAN - Bosquejo

I. Introducción, 1.

II. Mensaje, 2-12.

A. Buenos deseos y satisfacción, 2-4.
B. La hospitalidad es alabada, 5-8.
C. Se reprocha la hostilidad, 9-10.
D. Una lección y alabanza, 11-12.

III. Conclusión, 13-14.

36.04. 3 JUAN - Tema

Es sencillo y directo. La segunda epístola fue escrita para advertir contra los falsos maestros itinerantes, pero la tercera se envía para oponerse a las tendencias cismáticas ejemplificadas por las acciones de Diótrefes.

Es probable que Diótrefes fuera el anciano de la iglesia y que hubiera aceptado algunas de las falsas enseñanzas de los gnósticos. Cuando Juan escribió a las iglesias para refutar esas falsas enseñanzas, parece queDiótrefes se opuso a que la carta fuera leída delante de los miembros de la iglesia (vers. 9). También se impidió que se escuchara a los ministros itinerantes que pudieron haber sido enviados por Juan, y los que los escucharon en privado fueron excomulgados públicamente por Diótrefes, hombre arrogante.

Cuando Juan escribe a Gayo se esfuerza por asegurarse que su mensaje llegue a los hermanos leales. Puede haber estado preparándolos para que aceptaran un cambio de ancianos de iglesia cuando él llegara y les "recordara" las acciones de Diótrefes (vers. 10).

En esta carta, como en los otros escritos de Juan, se manifiesta el mismo espíritu de tierno afecto personal; pero por encima del propósito inmediato de la epístola, brilla la belleza del carácter del apóstol y la inspiración que ha proporcionado a sus lectores a través de los siglos.

36.03. 3 JUAN - Marco histórico

Esta epístola es evidentemente una carta personal escrita a un tal Gayo, que no es identificado. Se trata de un cristiano fiel, muy alabado por su bondadosa hospitalidad con los maestros itinerantes.

Se nombran otros dos personajes: Diótrefes, dirigente dado a la polémica, y Demetrio, que quizá era uno de los maestros itinerantes.

El cuadro que se deduce por lo que está escrito acerca de estos tres personajes, nos presenta una notable evolución en la iglesia cristiana y sugiere que esta epístola fue escrita después de la segunda, y por lo tanto aún más cerca de la muerte de Juan.

Parece quedar bien establecido el ministerio de los predicadores itinerantes o de hermanos visitantes (vers. 5-8).

Diótrefes se atribuye el poder de expulsar de la iglesia quizá mediante una especie de excomunión (vers. 10) a aquellos a quienes no aprueba personalmente, y la autoridad del apóstol ha sido socavada por los seguidoresde Diótrefes (vers. 9-11).

Todo esto indica que la situación revelada en la segunda epístola ha evolucionado, y esto convierte a la tercera epístola en la última de las tres cartas de Juan que han llegado hasta nosotros.

Esto no quiere decir que Juan no escribió otras cartas. No se puede probar que la carta o escrito que se menciona en el vers. 9 sea la segunda epístola, aunque es una buena posibilidad de que así fuera, ni tampoco se puede determinar cuánto tiempo transcurrió entre la redacción de la segunda y la tercera epístolas; pero parece probable que el intervalo fue breve, pues ambas se parecen tanto en estilo como en contenido.

36.02. 3 JUAN - Autor

Si no hubiera una segunda epístola sería muy discutible la paternidad literaria de esta tercera carta; pero la similitud de estilo entre estas dos cortas epístolas indica un autor común.

Una vez que se reconoce a Juan como el que escribió la segunda epístola también puede ser reconocido como el autor de la tercera.

36.01. 3 JUAN - Título

En los antiguos manuscritos griegos el título sencillamente es ΙΩΑΝΝΟΥ Γ΄ [IÔANNOU G], literalmente, "De Juan 3".

35.05. 2 JUAN - Bosquejo

Una carta tan corta y que toca tantos puntos diferentes, debe ser dividida en unidades muy pequeñas para poder enumerar los temas que contiene; sin embargo, hay tres secciones principales en la epístola.

I. Introducción, 1-3.

A. Saludo, 1 p. p.
B. El vínculo que une, 1 ú. p.-2.
C. Bendición, 3.

II. Mensaje, 4-11.

A. Alabanza por la fidelidad, 4.
B. Exhortación a continuar en el amor, 5-6.
C. Advertencia contra los falsos maestros, 7-11.
1. Advertencia contra engañadores, 7-8.
2. Resultados de continuar el trato con engañadores, 9.
3. Cómo tratar a los maestros heréticos, 10-11.


III. Conclusión, 12-13.
A. Esperanza de encontrarse pronto, 12.
B. Saludos para amigos o parientes, 13.

35.04. 2 JUAN - Tema

Una lectura superficial de la epístola basta para captar su naturaleza íntima. Evidentemente es una carta personal, pero si fue dirigida a un individuo o a un grupo, eso depende de la interpretación que se dé a la frase: εκλεκτη κυρια και τοις τεκνοις αυτης [eklektê kuria kai tois teknois autês] "a la señora elegida y a sus hijos" (vers. 1).¹

Dentro de estos límites, el tema de la epístola demuestra satisfacción por el estado espiritual de los lectores, los anima en el sendero cristiano; es una amonestación contra los falsos maestros y sugiere cómo tratar a los engañadores.

La carta revela el espíritu tierno y amante del autor y la belleza de la intimidad espiritual que podía existir entre los hermanos en la fe de la iglesia primitiva.

Se ha sugerido que el tamaño casi idéntico de la segunda epístola y de la tercera se debió a la dimensión de la hoja de papiro que por lo general se usaba en ese entonces.

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¹ Señora.
Gr. κυρια [kuria]. Son posibles dos interpretaciones. Según la primera Kuria sería un nombre propio que figura en inscripciones griegas. Pero la sintaxis del texto griego hace improbable que se trate de un nombre propio. La segunda interpretación es que debe traducirse: "señora", forma cortés de dirigirse a una mujer. Es el equivalente femenino de κυριος [kurios], "señor". En este caso, la frase εκλεκτη κυρια [eklektê kuria] significa literalmente "a una señora elegida".

Pero aún permanece el problema de interpretación: ¿a quién dirigió Juan su epístola? Se han presentado dos respuestas a esta pregunta: (1) escribía a una determinada señora cristiana y a los hijos de ella, o (2) escribía a la iglesia, o a una iglesia que prefirió llamar "una señora elegida". Una combinación de estos dos puntos de vista podría proporcionar la mejor solución del problema. La señora a la cual se dirige la carta puede haber sido quien presidía la iglesia a la cual escribe Juan, y sus "hijos" pueden haber sido los miembros de la iglesia (cf. 3 Juan 4). El tenor del mensaje es más adecuado para un grupo de creyentes que para un individuo, y para cristianos maduros antes que para los hijos de una determinada mujer.

Elegida.
Gr. εκλεκτη [eklektê] - dat. sing. fem. de εκλεκτος [eklektos], "escogido", del verbo εκλεγω [eklegô], "elegir". Con frecuencia este adjetivo significa "distinguido" o "notable". Algunos han preferido entender esta palabra como un nombre femenino propio -Eklekta-, pero es dificil aceptar esta interpretación en vista del uso del mismo adjetivo en el vers. 13.

Sus hijos.
Podrían ser los hijos literales de la "señora elegida", o los miembros de la iglesia a la que se dirigía la carta (cf. 1 Juan 2: 1).

35.03. 2 JUAN - Marco histórico

Por las razones ya expuestas es probable que esta carta fue escrita después de la primera epístola; y si se acepta a Juan como el autor, entonces se escribió poco después de la primera carta, debido a la edad del apóstol.

El factor adicional que manifiesta la segunda epístola es que falsos maestros estaban abusando de la hospitalidad cristiana para propagar doctrinas falsas.

35.02. 2 JUAN - Autor

La cuestión de la paternidad literaria queda resuelta hasta cierto grado con las dos primeras palabras de la epístola: "el anciano", pero la identidad del "anciano" aún debe estudiarse.

El consenso de los eruditos se inclina a favor de Juan como el autor y, por lo general, se concuerda en que el título "anciano" es singularmente adecuado para el anciano apóstol que sobrevivió largamente a sus compañeros de ministerio.

Si Juan estaba escribiendo a un individuo o a un grupo que le era bien conocido, no tenía necesidad de usar otra identificación fuera del calificativo afectuoso con que ya era conocido por sus lectores.

La identificación del "anciano" depende en gran medida de la relación que se descubre entre la segunda epístola y la primera, y entre ambas y el cuarto Evangelio.

Las similitudes evidentes entre la segunda carta y la primera sugieren un autor común.

La palabra "anticristo" es exclusiva del vers. 7 y de 1 Juan 2: 18, 22; 4: 3.

En cuanto al estilo similar, compárese:

"andando en la verdad" (2 Juan 4) con "andamos en luz" (1 Juan 1: 7);

"un nuevo mandamiento" (2 Juan 5) con "un mandamiento nuevo" (1 Juan 2: 8);

"nos amemos unos a otros" (2 Juan 5; 1 Juan 3: 11);

"tiene al Padre y al Hijo" (2 Juan 9) con "tiene al Hijo"(1 Juan 5: 12).

Como se presentó en la introducción de la primera epístola, hay razones válidas para aceptar al apóstol Juan como el autor de esta carta así como del Evangelio que lleva su nombre. Si se aceptan esas razones, también puede aceptarse que Juan es el autor de esta epístola.

35.01. 2 JUAN - Título

En los antiguos manuscritos gríegos el título es sencillamente ΙΩΑΝΝΟΥ Β΄ [IÔANNOU B], literalmente, "De Juan 2". Ver lo que se dice en cuanto al título de la primera epístola.

No disponemos de ninguna evidencia externa por la que podamos saber si esta carta es la segunda en orden cronológico, pero por medio de una comparación del texto de las tres epístolas atribuidas a Juan, parece probable que ésta fue escrita después de la primera.

La que llamamos segunda parece referirse al contenido de la primera en una forma que es natural si es que el autor ya había escrito la carta más larga, pero que sería extraño si la más corta hubiera sido escrita primero:

2 Juan
"Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros. Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio. Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo... Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo... Tengo muchas cosas que escribiros, pero no he querido hacerlo por medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara, para que nuestro gozo sea cumplido" (2 Juan 5-7, 9, 12).

1 Juan
"Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido... El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él... Hermanos, no os escribo mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio; este mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído desde el principio... Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo... El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida" (1 Juan 1: 4; 2: 4-5, 7, 18; 5: 10-12).

34.05. 1 JUAN - Bosquejo

I. Introducción, 1: 1-4.

A. Declaración de haber tenido trato personal con Cristo, el Verbo de vida, 1: 1-3 p. p.

B. Propósito al escribir la epístola, 1:3 ú. p.-4.
1. Fomentar la comunión con los cristianos, con Dios y Cristo, 1: 3 ú. p.
2. Producir plenitud de gozo, 1: 4.


II. Los requisitos para tener comunión con Dios y el hombre, 1: 5-10.

A. Caminar en la luz, 1: 5-7.
B. Confesión de los pecados, 1: 8-10.


III. Exhortación a una vida sin pecado, 2: 1-28.

A. Cristo el abogado y propiciación por el pecado, 2: 1-2.

B. Andar como él anduvo, 2: 3-6.

C. El mandamiento nuevo, 2: 7-11.

D. Exhortaciones personales a los hijos espirituales, 2: 12-28.
1. Razones para escribir, 2: 12-14.
2. No amar al mundo, 2: 15-17.
3. Cuidarse de los anticristos y sus herejías, 2: 18-26.
4. Permanecer en Cristo a fin de prepararse para su venida, 2: 27-28.


IV. Los hijos de Dios en contraste con los hijos del diablo, 2: 29 a 3: 24.

A. La justicia de los hijos de Dios, 2: 29 a 3:7.

B. El que practica el pecado es del diablo, 3: 8-9.

C. El que no ama a su hermano es del diablo, 3: 10-18.

D. Dios asegura la salvación a sus hijos, 3: 19-24.


V. Verdad, amor y fe son esenciales para la comunión con Dios, 4: 1 a 5: 12.

A. El espíritu de verdad y el espíritu de error, 4: 1-6.

B. El amor es de Dios, pues Dios es amor, 4: 7-21.

C. La fe produce victoria y vida, 5: 1-12.


VI. Conclusión, 5: 13-21.

A. Repetición del propósito, 5: 13.

B. Admonición a una vida libre de pecado, 5: 14-17.

C. Exhortación final a conocer a Dios y a su Hijo, 5: 18-21.

34.04. 1 JUAN - Tema

El propósito principal de la epístola es pastoral. Juan escribe con amor a sus hijos espirituales para que puedan estar mejor preparados para vivir la vida cristiano. El amor es la nota dominante de la carta. El marco es una exhortación sencilla aunque profundamente espiritual.

"Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor" (1 Juan 4: 8).

"En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. "Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros" (1 Juan 4: 10-11).

Pero esos elevados temas se proyectan dentro de un marco de oposición, lo que da a la epístola un propósito tanto polémico como pastoral.

Es claro que algunas herejías habían perturbado a la iglesia, y que algunos falsos maestros dentro de ella habían tratado de pervertir la fe:

"Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros" (1 Juan 2: 18-19).

Aunque habían dejado la iglesia, su influencia perduraba y continuamente amenazaba con perjudicarla. Juan escribe para contrarrestar ese peligro, para afianzar a los miembros en las doctrinas cristianas esenciales y para hacer que la verdad sea tan atrayente que los seguidores de Cristo no sean seducidos por el error.

La herejía básica contra la cual lucha Juan ha sido identificada como una especie de protognosticismo, que enseñaba un conocimiento (gnôsis) falso (ver JUAN - Tema; Gnósticos I; II; III; IV; V y VI).

Por el énfasis que se le da en la epístola, parece que la oposición provenía de dos principales formas de gnosticismo: el docetismo y la enseñanza de Cerinto. La herejía de ambos se refería a la naturaleza de Cristo. El docetismo negaba la realidad de la encarnación y enseñaba que Cristo tenía un cuerpo humano sólo en apariencia (ver Los docetistas; Docetismo y gnosticismo).

La segunda herejía se originó en Cerinto, uno de los contemporáneos de Juan, quien se educó en Egipto y luego enseñó en el Asia Menor y propagó enseñanzas judaizantes. Cerinto enseñaba que Jesús había nacido en forma natural de José y María, y Cristo entró en el cuerpo de Jesús en ocasión de su bautismo, pero que se retiró o salió antes de la crucifixión (ver El apóstol Juan; Gnósticos IV).

Los originadores y paladines de esas herejías son gráficamente descritos por Juan como "anticristos" (cap. 2: 18, 22; 4: 3) y "falsos profetas" (cap. 4: 1).

Para combatir esos errores, Juan destaca:

(1) La realidad de la naturaleza humana y visible de Cristo durante la encarnación:

"Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1: 1-3).

(2) Que el Salvador vino en la carne:

"En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios" (1 Juan 4: 2) y

(3) Que los creyentes pueden disfrutar de ese verdadero conocimiento como opuesto a la falsa gnosis:

"Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna" (1 Juan 5: 20) .

Estas controversias antiguas tienen un gran significado en nuestro tiempo, pues se sigue cuestionando la divinidad de Cristo. Un estudio de esta epístola encauzará la mente del lector a la verdad de la encarnación y permitirá que capte una elevada visión del Hijo de Dios, quien fue enviado para ser la propiciación por los pecados de todo el mundo.

34.03. 1 JUAN - Marco histórico

En la epístola no hay ninguna referencia específica al autor, a las personas a las cuales fue dirigida la carta, al lugar desde el cual fue escrita, o al tiempo cuando se escribió, por lo tanto, las conclusiones relativas a su marco histórico tienen que deducirse de la evidencia interna.

Esa evidencia debe unirse estrechamente con las conclusiones aceptadas acerca del autor y la fecha del cuarto Evangelio.

Nosotros aceptamos que Juan es el autor del Evangelio y también de esta epístola, y por tal razón la pregunta más importante es la siguiente: ¿Cuál de los dos se escribió primero, el Evangelio o la epístola?

No es posible dar una respuesta definitiva, y la opinión de los eruditos se ha inclinado en una u otra dirección; pero es difícil negar que la epístola presupone el conocimiento que ya tenían los cristianos del Evangelio de Juan, y que se apoya en él. Si se le da su debido valor a este argumento, entonces parece que la epístola fue escrita después que el Evangelio y hasta podría pensarse que fue un apéndice de él.

Además, es fácil reconocer que antes de registrar por escrito sus recuerdos y profundas meditaciones, el apóstol tuvo que haber pensado mucho en cuanto al contenido de su Evangelio y haberlo enseñado a su grey. Por eso es posible que la epístola sea anterior al Evangelio.

Por éstas y otras consideraciones más técnicas no es posible que por la evidencia interna se llegue a una conclusión firme en cuanto a las fechas de la escritura de ambos libros.

Pero lo que sí es claro es que la epístola fue escrita por un anciano al que le parecía apropiado dirigirse a sus conversos como a "hijitos", (cap. 2: 1, 12, 18, 28; 3: 7, 18; 4: 4; 5: 21).

No se dice a quiénes se dirigió la carta, pero es obvio que fue enviada a un grupo conocido de cristianos con los cuales tenía trato personal el reverenciado autor. Todavía no se ha presentado ninguna razón concluyente para rechazar la tradición, ampliamente aceptada, de que Juan la escribió en su ancianidad para los creyentes de Efeso, o de Asia Menor, donde él había ejercido su ministerio.

La fecha cuando se escribió podría ubicarse entre el año 90 y el 95 d. C. (ver El apostol Juan).

Hay evidencias de que la epístola existía a comienzos del siglo II:

Policarpo, que tiene fama de haber conocido personalmente a varios de los apóstoles, emplea palabras que se parecen mucho a 1 Juan 4: 3 (Epístola de Policarpo a los Filipenses VII , c. 115 d. C.).

Eusebio afirma: "Entre los escritos de Juan, además del Evangelio, es admitida sin controversia alguna su primera epístola, tanto por los más recientes cuanto por todos los antiguos" (Historia Eclesiástica III, 24, 17).

Ireneo (c. 200d. C.) identifica varios versículos que cita como procedentes de la primera y la segunda epístolas de Juan (Ireneo, Contra herejías III. 16. 5, 8).
El Fragmento Muratoriano (c. 170 d. C.) no sólo incluye en su canon la primera epístola y la segunda, sino que las atribuye al apóstol Juan.

Por lo tanto, es evidente que la primera epístola fue reconocida como legítima desde muy antiguo y su lugar en el canon está firmemente afianzado.

34.02. 1 JUAN - Autor

Juan no se identifica en ninguna de las epístolas del NT que se le atribuyen; sin embargo hay una similitud tan grande entre la primera epístola y el Evangelio de Juan, que la mayoría de los eruditos aceptan que el autor de ambos es el mismo.

Si aceptamos que el cuarto Evangelio fue escrito por el discípulo amado (Juan 21: 20-24), identificado como el apóstol Juan, uno de los hijos de Zebedeo (ver 15.02. Juan - Autor), tenemos razones válidas para afirmar que también es el autor de la primera epístola que lleva el nombre de Juan. Una relación similar une la primera epístola con la segunda, y la segunda con la tercera.

Algunas de las similitudes notables entre esta epístola y el Evangelio, son las siguientes:

Los paralelismos del lenguaje y la sintaxis del texto griego con frecuencia son más impresionantes que en nuestro idioma; pero la lista que se ha presentado da un buen ejemplo de dichas similitudes.

Además de los paralelismos hay muchas otras similitudes que fácilmente se perciben entre la pístola y el Evangelio. Ambos comienzan en forma súbita, sin ninguna introducción propia de la forma epistolar. La epístola empieza con "Lo que era desde el principio... [el] Verbo de vida"; el Evangelio, con "En el principio era el Verbo".

Hay un gran parecido en estilo, vocabulario, sintaxis, uso de preposiciones, construcción gramatical y diversas antítesis como tinieblas y luz, muerte y vida, odio y amor, que son típicamente características de Juan. La diferencia en propósito y dimensión de los dos libros admite una gran divergencia, pero el tema de ambos es tan similar, que la epístola podría servir como un resumen de los temas sobresalientes del Evangelio.

No se deben pasar por alto las diferencias que existen entre los dos escritos, pero pueden explicarse teniendo en cuenta diversos factores: diferentes propósitos, fechas de redacción, el envejecimiento del autor y las diferencias naturales que existen en las obras conocidas que han sido fruto de la misma pluma.

La epístola parece haber sido escrita espontáneamente como una carta pastoral, mientras que el Evangelio se ve claramente que es el producto de una larga y profunda meditación acerca de la encarnación del Verbo de Dios. En otras palabras: se ve que el propósito de la epístola es limitado, entre tanto que el del Evangelio es amplio, abarcante; pero un hilo común corre a través de ambos libros, lo que puede advertir hasta un lector inexperto.

A pesar de todo, la opinión de los eruditos aún se halla dividida en cuanto a la paternidad literaria de 1 Juan. Algo de la insistencia en no aceptar al apóstol Juan como autor de la epístola quizá se deba a un subconsciente hábito de dudar. El cristiano sensato puede decir con justicia que tiene una base adecuada para afirmar que el autor de esta epístola es Juan el discípulo amado.